Las políticas ocultas de las
transnacionales
Sebastião Pinheiro
Convenio Rel-Uita / La Insignia. Brasil,
marzo del 2006.
En la pasada conferencia de la OMC en Cancún nos quedamos
asombrados al comprobar que dos tercios de las ONG inscriptas en los actos
paralelos eran organizaciones subsidiadas por las transnacionales, instaladas
codo a codo junto a las esforzadas y descapitalizadas ONG auténticas. Es una
lucha desigual y deshonesta; las primeras tienen un producto que defender y las
segundas luchan por un punto de vista, una ideología y, al fin, por un mundo
mejor. Encontré viejos conocidos, personas, que reciben salarios de
universidades públicas pero trabajan para Monsanto;
otros que son de la Red Oficial de Investigación y actúan promoviendo los
productos transgénicos de Monsanto, así como a
quienes durante los últimos 30 años eran fanáticos ambientalistas intratables y
actualmente ocupan cargos de confianza en el gobierno, trasmutados en
desarrollistas sustentables, cuando no en agro ecologistas.
Perdonen, pero esto es un circo, y si las cosas continúan en
este sentido, en menos de cinco años estaremos, todos, refiriéndonos nuevamente
a los agrotóxicos como "defensivos agrícolas o remedios", privilegio
que hoy es sólo de los medios de información y de los funcionarios públicos
corruptos.
Vimos lo mismo en el penúltimo Foro Social Mundial de Porto
Alegre: Swiss Aid junto a
la Coalición Soja Holanda-Brasil y un integrante del Consejo Nacional de Medio
Ambiente, intentando convencer a ingenuos con un taller de ocho horas de que es
posible producir soja de forma sustentable en la Amazonia. Ya somos veteranos,
y sabemos que "hambre oculta" no es lo mismo que "ocultar el
hambre".
Desde 1996 la ley brasilera llamada Código de Defensa del
Consumidor exige que los transgénicos se identifiquen, etiqueten, etc. Pero
realmente no se puso nunca en práctica. Ahora, en un año electoral, vemos que
el gobierno ha cambiado todas sus posiciones anteriores y ha decidido
identificar los transgénicos, aunque sólo entrará en vigencia dentro de cuatro
años.
En la época de la dictadura, el general Geisel
(1976) decretó la prohibición de los detergentes duros, pero para ser aplicada
cuatro años después. En aquel momento nos preguntaron nuestra opinión al
respecto: "Un día, antes de entrar en vigor, el decreto será
derogado", respondí. Desgraciadamente, eso fue lo que ocurrió entonces, y
no esperamos que sea diferente ahora. La dictadura militar era pervertida. El
poder económico transnacional no tiene por qué ser diferente.
Somos realistas y no nos engañamos cuando afirmamos que los
Estados nacionales no tienen poder para restringir o siquiera controlar el
"libre comercio"; menos aún podríamos callar al ver que el Estado no
está siendo sustituido sino pervertido. La perversión del Estado se produce
cuando los gobiernos endeudados son obligados por el Banco Mundial y la OMC a
cumplir normas no escritas en favor de los intereses de las grandes
transnacionales.
En el caso del agua, este tipo de presiones y manipulaciones
está siendo utilizado por Pepsi Cola, Nestlé, Coca Cola y otras corporaciones que comercializan
agua potable común como si fuese agua mineral, al tiempo que destruyen las
fuentes de aguas minerales.
En Brasil, hace más de 20 años Nestlé
comenzó a comprar fuentes de agua mineral en todo el país a través de la marca Minalba, y simultáneamente, en algunas ciudades como Porto
Alegre Pepsi Cola lanzó una marca de "agua
natural" llamada "Rainha", registrada
en el Ministerio de Agricultura y vendida como agua mineral. Utilizando una
práctica de competencia desleal, los comerciantes eran obligados a vender Rainha si querían vender los demás productos de Pepsi.
Después aparecieron las denuncias catastrofistas de que el
agua dulce se está acabando. En realidad, el agua es un ciclo que no se puede
separar en dulce, salada u otra, y tampoco puede desaparecer del planeta,
aunque reconocemos que sus condiciones de almacenamiento y preservación local
son precarias, y esto ocurre en función de los intereses hegemónicos en la
sociedad. Pero la transformación del "agua patrimonio" en "agua
mercancía y negocio" requiere condiciones psicosociales
que sugieran escasez y garantía de lucro. Actualmente, un litro de agua no mineral
embotellada por las grandes corporaciones se vende más caro que un litro de
combustible derivado del petróleo.
La importancia adquirida por el agua de calidad queda
expuesta cuando, por ejemplo, un litro de verdadera agua mineral de las Islas Fidji se vende a 8 dólares en los hoteles del Caribe y de
Estados Unidos. Todas las fuentes de agua mineral similares ubicadas en las
proximidades de los grandes volcanes están siendo monopolizadas por las
corporaciones. Sin embargo, estas aguas no son suficientes para abastecer a
toda la población del mundo, ni siquiera para satisfacer la demanda de los
sectores con mayor poder adquisitivo que pueden pagarla.
En Brasil, Nestlé tuvo la
anticipación de crear su marca nacional -Minalba-, y
ahora intenta destruir a la "competencia" en aguas minerales
adquiriendo las últimas fuentes, desmineralizando el agua y adicionándole sus
sales patentadas para venderla con su marca. Coca Cola hace lo mismo e impone
su propia marca -Dasani-, cuya venta es obligatoria
para quienes quieren comercializar su refresco Fanta.
Se le llama "venta casada", un sistema similar al que usan Pepsi y Nestlé.
Más adelante, cuando el mercado esté disciplinado, tendremos
a ambas transnacionales con marcas de aguas minerales genuinas que serán comercializadas
a precios similares al agua de las Islas Fidji.