A
treinta años de la dictadura militar
Por Luis Mattini
La Fogata
Partimos de una reafirmación
necesaria: la Dictadura Militar, no fue ni irracional, ni excepcional, ni
exclusiva, sino el instrumento de un estudiado proyecto de las clases
dominantes para destruir las bases del Estado de Bienestar y los avances del
movimiento popular. Dicho proyecto data de 1955, sustentado por la vieja
oligarquía terrateniente, los empresarios agrarios e industriales argentinos y
sus socios en el mercado mundial, el capital transnacional,.
En efecto: el movimiento obrero
argentino organizado, con una legislación laboral y conquistas sociales
superior a la mayoría de los países europeos de la época, representaba un
enorme escollo para la libre circulación del capital.
La voracidad del capital nacional y
transnacional, el carácter dependiente de nuestro país, la pobreza intelectual
de nuestra clase política, impedía que los conflictos sociales se canalizaran
por las vías de la democracia representativa, sea por inoperancia de su
estructura formal o sea porque cuando el movimiento popular lograba una
correlación de fuerzas favorable, era cortado por la intervención de los
militares.
En esa serie de frustraciones, surgió la
generación de los setentas, como parte de ese movimiento libertario mundial
iniciado por el 68 francés, simbolizado en la figura del Che Guevara. Pero
fundamentalmente alimentada por esa generación que se alzó después del golpe de
estado de 1955 y que iria a conformar lo que luego se llamaría "nueva
izquierda" Y, en nuestro caso, adquirió una inusitada radicalidad en los
métodos porque nuestra generación, más que lucidez racional tuvo la intuición
que en la Argentina se estaban echando las bases para el capitalismo de Estado
en tiempos de guerra. Dicho de otro modo: las clases dominantes incorporaban
los conflictos sociales en el ámbito de la llamada guerra fría. Tres
intelectuales, desde tres visiones políticas, marcaron la época; John W. Cooke,
Silvio Frondizi y Ernesto Guevara. Los tres tenían dos puntos en común: el
convencimiento de la inexistencia de una burguesía nacional (los empresarios
"nacionales" nunca lograron constituirse como clase) y, en
consecuencia, la critica a la democracia representativa como sistema válido de
progreso social.
Hoy está fehacientemente demostrado que
el sustento ideológico de los militares argentinos fue la fusión del más oscuro
catolicismo del pensamiento nacional con el integrismo católico francés y la
tesis de guerra antisubversiva, plasmados en la llamada Doctrina de Seguridad
Nacional. A partir de 1975 las Fuerzas Armadas Argentinas actuaron según el
modelo establecido por los instructores franceses en la llamada Batalla de
Argel. Bignone lo ha declarado sin ambages: "Nosotros actuamos con el
reglamento en la mano; el Operativo Independencia fue una copia del plan de la
Batalla de Argelia"
Esto no los disculpa, por el contrario,
los militares argentinos pusieron su cuota de particular perversidad al
racionalismo de los instructores franceses. Pero los crímenes de las Fuerzas
Armadas como ejecutores materiales del Terrorismo de Estado, no debe disimular
la responsabilidad activa de, como queda dicho, en primer lugar los
Empresarios, nacionales y extranjeros, la Iglesia Católica, las Instituciones
de la República, particularmente el Poder Judicial, los medios de comunicación
y vastos sectores de la sociedad civil. Tampoco escapan –bueno es recordarlo–
el doble discurso de muchos de los gobiernos de los países centrales, y ex
países socialistas, quienes, como hoy, detrás del discurso de los Derechos
Humanos, o las declamaciones democráticas, propiciaron pingues negocios por el
camino abierto a la mercancía por la Dictadura Militar. Sólo basta recordar El
mundial de fútbol de 1978, una de las páginas más negras en la historia
nacional, a la que Pablo Llonto llamó; "la vergüenza de todos":
Hoy, a treinta años de aquel horror, la
lucha en todos los ámbitos ha logrado acorralar a los militares de modo tal que
Argentina pasa a ser reconocida en América Latina por estos indiscutidos
avances contra la impunidad. Sin embargo, circunscribir la impunidad sólo a su
aspecto jurídico, sin extenderla a los ámbitos políticos sociales y económicos,
como si el Terrorismo de Estado hubiera sido una especie de locura de un grupo
de militares con patologías integristas, además de ser una gran injusticia,
oculta las razones de fondo por las cuales millones de habitantes de la
argentina sufre los padecimientos actuales.
Hoy la Argentina sufre dos flagelos
prácticamente desconocidos en su historia: hambre y desempleo. Además la
violencia social ha dejado más muertos y desaparecidos sociales que los
producidos por la violencia política de los años setenta.
Los ex integrantes de la dictadura
militar suelen decir que ellos ganaron la guerra y perdieron la batalla
política. Y ello podría ser la mitad de la verdad. Porque en efecto, la
supuesta guerra ganada por medio del Terrorismo de Estado, echaron las bases
para estas transformaciones estructurales, que han hecho ingresar a Argentina
en el grupo de países con mayor desigualdad social. Porque si, como es sabido,
el proyecto socioeconómico de la dictadura, expresado en su Ministro civil,
Alfredo Martínez de Hoz, era convertirnos en un eficiente país agroexportador….
pues aquí tenemos ese país. La actual República sojera. Hoy el problema
fundamental de Argentina pasa por el modelo productivo que ha transformado a la
tierra en una industria extractiva, tanto en lo agropecuario como en lo minero
y energético, con la alarmante tendencia hacia la monoproducción, la pérdida de
la soberanía alimentaria, y sus conocidas consecuencias sociales y ecológicas.
Además, la honestidad obliga a reconocer
que el privilegio no sólo es para los monopolios nacionales y extranjeros,
alcanza también a millones de personas que vivimos relativamente bien, y con
ciertas perspectivas inmediatas de progreso, sin saber, o sin querer saber, a
pesar de tener un cartonero en la puerta de nuestra casa, que este tipo de
crecimiento económico no elimina la pobreza, por el contrario, la produce.
Cabe entonces preguntarse: ¿cómo es
posible que en treinta años de democracia y estando en el gobierno hoy aquellos
militantes sobrevivientes de los setentas, el modelo productivo sea en esencia
aquel que impuso la dictadura militar?
¿Traición? ¿Complot? Traidores hay,
desde luego, pero no podemos imaginar una sociedad de traidores.
En cambio es interesante observar cómo
mientras se luchaba contra las consecuencias físicas y jurídicas , por así
decirlo, del Terrorismo de Estado: por los derechos humanos, el estado de
derecho y la conquista de la democracia y contra la impunidad, etc. poniendo a
los militares a la defensiva táctica, las clases dominantes desarrollaban una "estrategia"
en el ámbito del pensamiento por medio del sistema educativo, los medios de
comunicación y los aparatos ideológicos , para consolidar un poder más
dominante que la fuerza armada: El "Poder del Conocimiento". Broche
de oro de la Modernidad sólo posible de lograr plenamente en este momento de
hegemonía total del capitalismo.
El "Poder del Conocimiento",
un sistema de creencias simple, pero más fundamentalista que el de las
religiones monoteístas, que ha demostrado la capacidad de coptar las mentes y
los corazones más sensibles, mediante un sutil entramado de seminarios,
post-grados, becas, capacitaciones, etc, que van formando una nueva
aristocracia. La aristocracia de los que "saben", donde los títulos
académicos equivalen a los viejos títulos de nobleza, pero sobre todo donde
cada uno de esos saberes parciales, es un fin en sí mismo que autojustifica su
existencia. (No es chiste, hay post grados para aprender a hacer post grados)
Así la democratización de los estudios
universitarios que se había logrado de hecho y a pesar de gobiernos
dictatoriales o impopulares, ha sido burlada, desnaturalizada por la exigencia
de post-grados. Hoy el sustantivo "carrera" aplicada a la
Universidad, ya no se corresponde a la séptima acepción de la palabra sino a la
primera: voz del verbo correr; la universidad es un hipódromo de función
continuada..
En ese sentido, la honestidad también
nos obliga a salir de ese lugar común de atribuir la fuente de todos los males
únicamente a la corrupción de los políticos, y recordar que la clase política
llamada "progresista", que es la que hoy gobierna, se nutre de esta
nueva nobleza. Porque, por ejemplo, gestionar proyectos de
"capacitación", embaucando, consciente o inconscientemente a los
desocupados en la esperanza de que con los planes de capacitación propiciados
por el Banco Mundial, se solucionará el empleo y habrá una mayor equidad
social, es corrupción de guante blanco. Así, la educación se reduce a
"capacitación". Y esos proyectos de capacitación, impulsados por el
Banco Mundial, producen más daño que la infantería de marina norteamericana,
porque dañan el cerebro, de modo tal que impiden ver que están destinados a
consolidar el modelo agroexportador.
Las ideas, el pensar, que antes se
expresaban en tesis, hoy han sido cambiadas por extensos curriculum, de records
de horas de seminarios y eventos donde se adquieren "conocimientos".
Hoy una tesis no es una idea, es un listado de bibliografía de otras tesis que
constituye un gran círculo donde los tesistantes se citan entre sí y
desarrollan su propio argot de iniciados:
Por eso ahora, ese político progresista,
hasta ex revolucionario, devenido funcionario del Estado con poder de decisión,
descalificará determinada propuesta porque los reclamantes "no
saben", ni tienen curriculum que sustente la verdad de sus peticiones.
¿Cuántos post-grados se necesitan para tener derecho a reclamar a los
funcionarios responsables que, por ejemplo, al principio de incertidumbre le
corresponde el principio de precaución?
En realidad no es nuevo, ya la
democracia helénica se había topado con él. Este Poder niega a los ciudadanos
comunes el derecho a la decisión con el argumento de su ignorancia. Este poder
confunde conocer con pensar. Y nuestros intelectuales, fascinados por el nuevo
fetiche, "el conocimiento", no son capaces de enfrentar al más
ignorante, como decía Ortega y Gasset, de los estamentos sociales, los
especialistas.
Así, este "progresismo"
pretende "apropiarse" del Poder del Conocimiento y darlo vuelta a
favor de la humanidad, sin comprender que por el sólo hecho de ser
"Poder", es inapropiable y antihumano.
Así es como, en el mejor de los casos,
se enfrenta al bien llamado "pensamiento único", con un pensamiento
único opuesto. Como si diríamos un pensamiento único "de izquierda" (exportar
para los "buenos". China, Vietnam, Venezuela, etc). Y sólo desde esta
perspectiva, con este fetiche del conocimiento, se puede entender cómo un
conocido compañero de los setentas, (hoy referente de grupos populares que
apoyan al gobierno) pueda haber afirmado, ante estudiantes universitarios, como
hecho positivo que la "gran burguesía agraria" hiciera una
"reforma agraria al revés" en la década del noventa, concentrando la
tierra y eliminando 200.000 productores menores, llevando al campo la
"tecnología de punta", porque ahora la producción agraria casi se ha
duplicado. Desde luego, nuestro compañero, parrapuchando a Hegel con eso de
"ir de lo general a lo particular", se ubica siempre en lo general y
por lo tanto no debe ser uno de ese "particular" expulsado del campo
que hoy vive en una villa miseria.
La dificultad consiste en no poder
oponer a ese pensamiento único un pensamiento múltiple, porque para ello es
necesario dar vuelta como un guante los criterios de análisis que usan las
ciencias sociales y bajar de su pedestal las verdades absolutas de las ciencias
naturales, para dejar al desnudo la inconsistencia del llamado "Poder del
Conocimiento", que nos lleva continuar la loca carrera tras el
"desarrollo". Y el desarrollo, como se sabe, fue la mayor trampa del
siglo XX. Que los memoriosos recuerden la "revolución verde", la
revolución "científico técnica" y sus promesas de liquidar el hambre
en el mundo.
Porque los problemas de Argentina no
pasan por el desarrollo, no pasan por el crecimiento. Los problemas de
Argentina pasan por la distribución de la riqueza. Sólo que debemos descubrir
cómo se distribuye la riqueza.
Sin embargo no todo es este oscurantismo
iluminista del siglo XXI.
Por debajo de la superficie, por debajo
de la dictadura de la imagen, por detrás del resplandor de la transparencia,
por detrás de las engoladas voces del conocimiento, se están gestando fuerzas
constituyentes de una nueva forma de relaciones sociales.
Porque hay que recordar que esta
afirmación del modelo dominante se hizo con sombra de la resistencia de vastos
sectores de la población, con notable fuerza y, por momentos, con grandes dosis
de creatividad. –ahí están las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 y la
explosión asambleísta posterior– a pesar de avanzar con la sensación de
frustración en frustración.
Porque quizás las causas de la sensación
de frustración radiquen en la dificultad para visualizar las nuevas formas que
adquiere el imaginario colectivo para encontrar un proyecto común que contenga
la multiplicidad, la diversidad y sobre todo pueda conducirse en la complejidad
de los tiempos actuales.
Reconocemos que no es fácil, en parte
porque el modelo –como dije más arriba–, beneficia en términos relativos,
también a unos cuantos millones de habitantes, incluida la mayor parte de los
que se reivindican "progresismo", quienes, tomados masivamente, obran
de contrapeso.
Porque, repartir la riqueza no consiste
sólo en medidas administrativas de distribución. Consiste fundamentalmente
producir de otro modo, producir desde adentro y hacia adentro y de modo tal que
la producción esté al servicio del hombre concreto y no a la abstracción del
mercado mundial.
Huelga añadir que me refiero a todo tipo
de producción, en primer lugar la producción de saberes. Y allí radica el nudo
"estratégico" de nuestro devenir: Enfrentar a ese Poder del
Conocimiento con un nuevo tipo de producción de saberes en una nueva práctica
social en donde pensar y hacer son una misma cosa.
Ello significa pensar desde adentro,
desde el ser humano como potencia inmanente, produciendo esos saberes del que
sabe lo que quiere porque sabe lo que no quiere. Pensar la ciudad desde el
barrio, pensar el país desde la provincia, pensar el mundo desde el país.
Nada más lejos de mi espíritu que el estrecho
nacionalismo. No opongo lo nacional a lo transnacional, sino que opongo lo
múltiple a lo único, el intercambio entre diferentes de igual jerarquía.
Pensar y producir desde adentro y para
adentro significa en este caso, intercambio entre autónomos.
Entonces si todos, hombres y mujeres,
barrios, aldeas, provincias, países aprendemos a pensar, a crear
subjetividades, a producir saberes desde adentro, podrá generarse un gran
"afuera" colectivo que podremos llamar, ahora sí. universalidad, en
donde no existe el centro sobre el que actúe el "Poder del
Conocimiento", porque habrá tantos centros como mundos posibles.