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ALLÁ DE LOS ACTUALES DEBATES SOBRE EL
GLIFOSATO: ¿ CUÁNTO VENENO ESTÁ DISPUESTO
USTED A LLEVAR EN SU SANGRE ?
Desde hace varias semanas, estamos
viendo la manera en que las fumigaciones agrícolas y sus consecuencias
perceptibles e imperceptibles sobre las comunidades humanas,
Como suele ocurrir en el universo de
las sustancias químicas y sus ramificaciones ambientales y sanitarias, se nos
aparece como el gran mediador en la materia el denominado “saber científico”,
un saber que es pertenencia sólo por ciertos individuos privilegiados, cuya
opinión no puede ponerse en duda en el contexto actual de devoción hipertecnológica y de creciente fragmentación de los
conocimientos. Así nos encontramos de esa manera, con que el propio Ministro de
Ciencia y Tecnología, que, más allá de sus fidelidades corporativas,
descalifica la investigación del Dr. Andrés Carrasco, diciendo que “el CONICET
no lo avala”, apelando a este “principio de autoridad” de la nueva religión
académica llamada “ciencia”, y él mismo como sumo sacerdote de la “sociedad del
conocimiento”, que pretende anular nuestra propia experiencia vivencial como
seres vivientes y como seres humanos, con el fin de doblegar nuestra opinión en
virtud del credo científico-tecnológico dominante.
En concordancia con las palabras del
Ministro, muchos parlamentarios, candidatos y periodistas también apelan a la
necesidad de profundizar la investigación y a la de planificar científicamente
a la agricultura, para no seguir “demonizando” a la soja y su paquete de
plaguicidas, que son en definitiva, y según metáforas más o menos expresadas
por los medios, aquello “que nos da de
comer”. (¿Los que lo dicen, nos
preguntamos, comerán realmente eso?).
En esta línea de pensamientos, se anunció recientemente un estudio
conjunto de las facultades de Agronomía y de Farmacia y Bioquímica para
establecer los posibles impactos del modelo agrícola sobre la salud de las
poblaciones, y cuyos resultados servirán seguramente para “optimizar” el uso de
agrotóxicos. En
el convulsionado y confuso escenario de la actual realidad argentina, se
suceden entonces las declaraciones de productores, de fumigadores, de juristas,
de funcionarios, de líderes sociales, y hasta de vecinos preocupados, clamando
todos por disponer de más información sobre plaguicidas, más investigaciones
toxicológicas, más evaluaciones epidemiológicas, etc. No están nada mal estos reclamos, para un
país que hace mucho tiempo fue abandonado al régimen del mercado, y en el cual
las mínimas consideraciones sobre ambiente, seguridad y Soberanía Alimentaria,
salud y educación públicas, parecen anacronismos propios de un estado de
bienestar en verdad, utópico. Debemos saber sin embargo, que la investigación
científica que se reclama sobre los plaguicidas sólo permitirá encontrar
soluciones dentro del régimen establecido, es decir, que serán en todo caso,
nuevas recetas tecnológicas para solucionar los problemas ocasionados por las
viejas recetas tecnológicas. No más que eso. Dejar esta discusión sólo en manos
de científicos y de especialistas, oscurece los principios básicos de nuestro
libre albedrío, basado en amplias consideraciones de orden vivencial y no sólo
en base a la razón, sobre todo cuando esa “razón” es razonada por otros. Lo importante es: ¿Qué puede aportar a esta
discusión cada persona desde su experiencia de vida? ¿Cómo es posible que no
podamos opinar sobre algo que afecta a los seres vivos, siendo que somos seres vivos?
Aquí debemos aclarar que tanto el
glifosato, como el endosulfán, el paraquat,
el 2,4 D, el dicamba, los piretroides,
los fosforados, etc., integrantes todos de una lista de centenares de
sustancias usadas en la agricultura, y aprobadas en su uso por el SENASA, son VENENOS. Estas sustancias químicas son diseñadas para
cortar los procesos que mantienen y producen
Conocer estos casos históricos, no
impidió sin embargo, sus consecuencias ni evitó que una y otra vez se
repitieran las mismas secuencias. Si bien esos conocimientos condujeron en su
momento a la prohibición de algunas sustancias, no generaron una discusión
profunda sobre la necesidad o conveniencia de seguir incorporando la química
sintética a nuestras vidas. Para cuando se editó “Nuestro Futuro Robado”, ya se
sabía que cada recién nacido viene al mundo con más de 300 sustancias químicas
sintéticas incorporadas, es decir sustancias artificiales fabricadas por el ser
humano a través de sus industrias químicas y liberadas en el ambiente,
sustancias que por supuesto, no deberían
estar en el cuerpo de un recién nacido.
Y esto sucede por algunas particularidades tanto de las sustancias
químicas como por los mecanismos a través de los cuales nuestro organismo se
relaciona con el entorno. Todos sabemos
cuando un pedazo de carne está podrido, o una comida se encuentra en mal
estado. No necesitamos una opinión
científica para decidir sobre eso. Es más,
ningún científico, con ningún argumento, podría torcer nuestra decisión de no
consumir un alimento que consideramos en mal estado. Percibir que una comida está en mal estado,
es una manera que tenemos para protegernos.
Cualquier ser viviente “sabe” esto, incluso los científicos. Es una especie de “principio precautorio
biológico” que asegura la supervivencia del organismo. Pero los venenos representan otra cosa, son
algo para lo cual nuestros sentidos no están preparados. Hay venenos que no podemos ver, ni oler, ni
degustar. Entonces no estamos preparados
ni tenemos defensas establecidas en el largo proceso de la evolución, para
“defendernos” de estas sustancias sintéticas que no son “visibles” para
nuestros sentidos, y dependemos de lo que nos diga alguien llamado científico,
toxicólogo o especialista, haciendo uso
de un “principio de autoridad”, basado en estudios sobre cantidades y no sobre
cualidades. En otras
palabras, si hay venenos en el ambiente estamos indefensos. Estamos indefensos
en principio, porque no los podemos percibir, pero además, porque como seres vivos nuestros organismos
no son indiferentes a la presencia de esos venenos. Nuestros sistemas
fisiológicos de alerta y depuración no funcionan con muchas de estas
sustancias, no están diseñados para descubrir un peligro en ellas, y esto es
así, porque nuestros organismos no evolucionaron con estas sustancias,
sencillamente porque ellas no existían naturalmente en el ambiente, son
productos de la industria humana de las últimas décadas. Estamos indefensos
también, porque no somos informados acerca de los riesgos que corremos tanto
por la exposición directa a estas sustancias, como por ser integrantes de
ecosistemas que están siendo envenenados, y de los que dependemos para habitar
en ellos como para alimentarnos y
sobrevivir.
Ahora bien: ¿Necesitamos nuevos
estudios científicos para demostrar que los venenos agrícolas afectan a los
seres vivos? ¿Necesitamos que la
universidad de Buenos Aires investigue científicamente los impactos del modelo
productivo para poder conocerlos y reconocerle credibilidad? Esta pregunta
podría ser minimizada por los habitantes de las grandes ciudades, porque cierta
lógica indicaría que estos problemas son privativos de los habitantes rurales. Pero esto es un gran error conceptual. Todos los alimentos que consumimos vienen del
campo, y lamentablemente, sólo una minoría no recibió tratamientos con
venenos. Esta es la cruda verdad. El uso de plaguicidas no es un atributo sólo
de los grandes agroempresarios sojeros, también la
mayoría de los pequeños campesinos productores de verduras y hortalizas emplean
venenos agrícolas, los cuales muchas veces llegan hasta nuestros platos. Claro que a veces lo que llega es poco, y
está dentro de los supuestos “márgenes aceptados” que los científicos nos
indican. Es decir, la cantidad de
residuos de plaguicidas que contienen no producirían, según los científicos,
efectos evidentes en el ser humano. Pero
lo cierto es que el modelo de producción de alimentos imperante en
Normalmente estos cuestionamientos
al uso de plaguicidas son adjudicados a personas a las que se acusa de oponerse
al desarrollo de la agricultura. La agroindustria
y sus secuaces sostienen la vergonzosa mentira de que es imposible aumentar o
mantener la producción sin recurrir a estos venenos, que la agricultura para el
mundo que viene es imposible sin ellos.
Aunque esta falacia ha sido refutada cientos de veces, lo cierto es que
durante 5 décadas se vienen invirtiendo cientos de miles de millones de dólares
en investigación en química agrícola y unas pocas monedas en investigación
sobre agricultura natural. Nosotros como
GRR amamos la producción de alimentos, así como la agricultura, porque nos da la vida, y
porque la amamos estamos tratando de protegerla. Creemos firmemente que la agricultura
industrial no va a sobrevivir a todos los venenos que se usan en ella. Una
agricultura que no respeta la vida del agricultor ni respeta la vida del suelo,
difícilmente sobreviva a sí misma. ¿Está al servicio del hombre una agricultura
que intoxica y mata a los habitantes vecinos, y que amenaza a los
ecosistemas? La agricultura del futuro,
si existe algún futuro, no podrá depender de combustibles fósiles ni de insumos
químicos. En ese futuro, los científicos deberían retomar su tradición
humanista, comportarse como buenos vecinos, y tratar a los ecosistemas con el
respeto que tratan a su propia familia.
La próxima agricultura será
inevitablemente muy parecida a la vieja agricultura de nuestros abuelos, más
que a la reciente tradición minera extractiva del agro negocio. Sin embargo, también para esto el Ministro de
Ciencia y Tecnología tiene un comentario. El Ministro ha tenido la audacia de
afirmar que la agricultura orgánica ha producido más muertes que la agricultura
industrial. Difícilmente podamos
encontrar una afirmación más necia o escandalosa que ésta en el “establisment” científico.
Porque si el Ministro dijo esto para proteger al glifosato y a la
agroindustria, debería sostener sus dichos con una denuncia penal hacia los
supuestos asesinos orgánicos que produjeron estas muertes. Y si lo dijo sólo para “chicanear”, debería
ser sometido a una interpelación por parte de los poderes públicos, por afirmar
falsedades desde su posición de autoridad científica y tecnológica de
Volviendo al caso del glifosato, los
aportes de nuevos estudios científicos sobre sus efectos, no impedirán las
consecuencias de los impactos ya producidos por este herbicida, alegremente
aprobado por el SENASA, como los de cientos de otras sustancias, en las
poblaciones y en los ecosistemas. Es
más, muchos de estos aportes serán de una naturaleza tal que no permitirán
tomar decisiones acertadas sobre este producto y su manejo en el campo. Además está siempre la posibilidad de
prohibir una sustancia o recategorizarla, a la vez
que se aprueba otra para los mismos fines, pero que no está “demonizada”
todavía. Lo que sí es seguro, es que más investigación no contribuirá en
absoluto a que los seres humanos estemos más seguros, en un país en el cual se
liberan 200.000 toneladas de venenos agrícolas cada año. La verdadera discusión
detrás del glifosato no refiere a los impuestos por los derechos a las exportaciones, ni a las responsabilidades externalizadas por las compañías hacia los usuarios bajo
la noción de “mal uso”, tampoco a una jugada política, como parte de una
virulenta campaña electoral. Se trata en todo caso, de poner en el banquillo de
los acusados la misma noción de crecimiento económico, dependencia tecnológica
y derroche de energías fósiles, que ya nos están sumiendo en oscuridades más
profundas que las de la edad media. Asimismo, la discusión en torno al
glifosato nos abre a la discusión mucho más esencial respecto del papel de la
ciencia y la tecnología en nuestras vidas.
Mientras tanto, los sistemas de
defensa de los organismos seguirán siendo evolutivamente inadaptados para
sustancias químicas tan nuevas. Por esto
mismo, los organismos vivos seguiremos sin “principios precautorios biológicos”
que nos protejan de sustancias tóxicas que no podemos percibir ni metabolizar
adecuadamente. Pero no pasa
necesariamente lo mismo con la justicia.
El ideal del “Principio precautorio” apunta justamente a defender a la
sociedad y a su ambiente de aquellos posibles efectos a largo plazo, cuyas consecuencias son imposibles de conocer
de antemano. Cuando la evidencia no es
suficiente, correspondería aplicar este principio o estos derechos
precautorios. Es lo que
¿Tendrá la justicia argentina, su sistema perceptivo lo suficientemente
sano como para advertir que la evidencia difusa o incompleta debe disparar el
principio precautorio? Si esto no pasa,
y sin ánimo de generar una “psicosis colectiva”, va siendo hora que los jueces
de
GRR Grupo de Reflexión Rural
Julio de 2009 www.grr.org.ar