LAS
SOLUCIONES MÁGICAS Y LAS INEVITABLES CATÁSTROFES SUBSIGUIENTES
Nos preguntamos en estos momentos y luego de
la crisis, si lo que concluyó es una etapa, y en ese caso si comienza otra
cosa, o si acaso, tendremos más de lo mismo o una profundización del mismo
modelo. El hecho de que pudiera
resolverse un conflicto de más de 4 meses de duración, generado por un retoque
en el porcentaje de las retenciones a la exportación, y que esa “resolución” se
haya logrado de manera pacífica y mediante mecanismos institucionales, produce un alivio en la población. Pero: ¿cambia
las cosas? ¿Se dejará de sembrar soja? ¿Se
distribuirá mejor la renta agrícola? ¿Se
preservarán las tierras agrícolas sometidas a gravísimas amenazas de pérdida de
fertilidad? ¿Se dejarán de fumigar los
campos y las poblaciones que resultan víctimas inermes de los paquetes
agrotóxicos? Se abre una nueva ventana
al futuro, pero a qué futuro? Los legisladores y los funcionarios tienen un
nuevo desafío por delante, el de poner en práctica los discursos realizados en
estos últimos meses. ¿Cómo lo
harán? ¿Será posible alcanzar
situaciones de cambio en el universo agropecuario? ¿O sólo se tratará, según parece, de dar un
nuevo impulso a la biotecnología, como propone un reciente proyecto de ley para
la creación de un fondo para la soberanía biotecnológica?
Las enseñanzas de las últimas décadas nos
muestran que tanto los administradores políticos, como los dirigentes
agropecuarios, siguen una marcada tendencia a la búsqueda de “soluciones mágicas”. La resolución 125 fue un intento de solución
mágica. Su aplicación derramaría riqueza
sobre una sociedad golpeada, y salud sobre una sociedad enferma. Es pensamiento mágico. Un retoque en el
porcentaje de una retención traería una cascada de beneficios. Lo cierto es que aquí la magia falló, y lo
que trajo es un prolongado conflicto y por último la marcha atrás y la derogación de la medida.
Los sistemas ecológicos funcionan según sus
propias reglas, y esas reglas están dadas por el conjunto de la biodiversidad,
los componentes físicos y las particularidades climáticas de cada región. Las distintas formas de intervención del
hombre dentro de estos sistemas deberían tener una coherencia con la totalidad,
esas intervenciones deberían estar regidas por una conciencia del todo y de sus
sentidos más íntimos, de lo contrario el sistema como un todo, seguramente reaccionará
negativamente. Las apetencias humanas,
especialmente las económicas, normalmente se despliegan dentro de la ilusión de
no necesitar ajustarse a las restricciones del ecosistema. En las últimas décadas, tanto los
pensamientos políticos como los económicos parecen guiarse por la regla de
forzar los ecosistemas hasta sus límites, y en ocasiones, a empujarlos fuera de ellos mismos. Lo que sobreviene es inevitablemente un
desastre, lo que llamamos una situación de catástrofe.
Esas “soluciones mágicas” que fueron medidas
circunstanciales para atacar un síntoma, un paliativo para salvar una profunda
incomprensión del hombre con su entorno, a través de la costumbre se
transforman en verdades monolíticas, en cuestiones fuera de discusión, en indiscutibles
y temibles dogmas, que nadie dentro del sistema académico y de producción, podría
hallar un espacio de reflexión como para que sean revisados. Ahora bien, dado que no resuelven los
desequilibrios iniciales, esas soluciones mágicas generan dependencia, son
adictivas, porque trabajan fuera del sistema, porque son incorporadas sin un
conocimiento apropiado para manejarlas. Las soluciones mágicas fueron siempre
adoptadas en función de validaciones económicas, luego la industria y el Estado
se ocuparon de buscarle algún beneficio social o ecológico, que por supuesto no
tienen en el mediano largo plazo, pero que en la simulación que crean los medios
de comunicación, resuenan como verdades establecidas.
Ejemplos de ello es el uso de agroquímicos.
Desde los inicios de la revolución verde, la promesa de un aumento de la
producción y de un triunfo en la guerra contra las plagas, más que una promesa, consistió en una solución
mágica. ¿Hay chinches? Ponerle
endosulfán. ¿Hay malezas? Echarle Tordón. Así de sencillo, así de mágico, así de
irreal, así de antiecológico, así de brutal y de absolutamente criminal con el
entorno. La soja transgénica fue otra solución mágica, acogida con esperanzas
como una simplificación en las tareas, un ahorro de combustible y una garantía
de ventas, con precios crecientes, en medio de un panorama de deudas y de empresas
quebrando.
Los nuevos desarrollos biotecnológicos, el
maíz Bt-RR por ejemplo, son nuevas soluciones mágicas. Se supone que controlan
plagas, que tiene buenos rendimientos, las malezas son combatidas con
glifosato, y encima no hay que hacerse problemas por la venta, total no es para alimento… es para biocombustibles!
…Y los biocombustibles!! La última y más
prometedora solución mágica para la escasez del petróleo, la volatilidad de su
precio, el calentamiento global, y la conciencia negra de los consumidores
europeos.
Las soluciones mágicas, pasaron en su
momento por explotar el quebracho colorado en el bosque chaqueño en épocas de
La Forestal Argentina, una sola especie
de los miles que tiene este bosque fue talada in misericordiosamente. Ya sabemos sus consecuencias. Ese tipo de
“soluciones” creyeron encontrar sólo en el tanino, en la cabra, o en los postes
y durmientes, o en el carbón, los recursos de tan magníficos bosques. Hasta que llegaron los sojeros con la
solución mágica más reciente, y lo único que vieron del bosque fue su suelo
bajo la cubierta vegetal, un suelo que en el monte no es sino apenas una
pequeña parte de un todo, y con esa mirada parcial y economicista, justificaron
tanta barbaridad, y con ella impulsaron las topadoras, las quemas y las
fumigaciones, que tanta devastación y muertes han provocado entre las
poblaciones locales. Las soluciones mágicas fueron las de cambiar toda esa
riquísima biodiversidad, eliminarla de los campos y del pensamiento de los
argentinos, sólo para encontrar un recurso a explotar, aquello que justifique
transformar el bosque en dinero.
Quebracho colorado, algarrobo, palo santo, postes, leña, carbón,
suelo. Un solo recurso en medio de un
conjunto extraordinario de posibilidades.
Las extracciones de corte minero sobre su masa forestal y su suelo,
fueron las soluciones mágicas recurrentes para el Chaco. Y podríamos repetir estos ejemplos en cada
bioma de la geografía argentina.
Cuando
la ciencia produce soluciones mágicas
Estas políticas se instalan y se facilitan,
mediante el recurso de ir dejando paulatinamente sin financiamiento a la
investigación en ciencias básicas y gracias a un extendido desprecio hacia la
cultura y la educación popular. Se generan así, lagunas profundas en el
conocimiento de los ecosistemas, y en la capacidad de apreciar aquellos
“campos” en los que se trabaja y de los que se toma la “riqueza”. Al no concebir la complejidad de los
ecosistemas, al no comprender a fondo su funcionamiento, al estar limitados en
las decisiones por esta ignorancia básica que configura un menosprecio por el
entorno, surgen con naturalidad las
soluciones mágicas, aquellas que presuponen no necesitar esos conocimientos
previos.
Al mismo tiempo, en las universidades se ha
logrado, por complejos mecanismos de selección desde lo económico y lo
ideológico, una desvalorización de la ciencia básica que fue reemplazada por la
sobrevalorización de las ciencias “aplicadas”, que sólo cobran valor si “pueden
generar ganancias” para el autosustento de la propia investigación científica.
Y este fenómeno se da tanto en las universidades privadas como en las públicas.
Esta situación ha forzado a los científicos a buscar fondos en los capitales de
la industria y del mundo financiero, introduciéndose de esta manera, en un
círculo vicioso de intereses ajenos a la investigación científica. La industria
y las finanzas han tomado de esta forma, durante las últimas décadas, las
riendas de las investigaciones y determinan las estrategias, fijando qué
conviene investigar en las
universidades. Esta burbuja de intereses, se ha generado dentro de un sistema
que sólo da mérito científico a las investigaciones que pueden ser publicadas
en ciertas revistas internacionales reconocidas, que a su vez están
involucradas o manipuladas directa o indirectamente desde los intereses de la
industria y las finanzas.
Los científicos, por su parte, pueden contar
con más subsidios si tienen suficientes publicaciones en estas mismas revistas.
Y así se genera una espiral creciente de intereses y complicidades entre lo
público y lo privado. Para que la investigación sea “competitiva” se necesita
de la “confidencialidad” de los resultados científicos. El mundo científico,
casi sin darse cuenta, ha terminado envuelto en una maraña de intereses que le
eran ajenos, y que los obliga a seguir los pasos dictados por las empresas,
para poder continuar existiendo como actividad y como corporación, en el
sistema académico. La industria y las finanzas han comprobado que, si ayudan a la
formación de cuadros científicos, esos mismos cuadros les pueden ser útiles como
instrumentos de sus lobbies. Estos cuadros científicos pasan a tener entonces, más
fondos para más resultados publicables, que, a su vez generaron más fondos. Muchos
científicos promocionan sus ideas en los medios de comunicación, en los que trabajan
asimismo cuadros periodísticos, también financiados por la industria y los
capitales de especulación, que dan a conocer los “beneficios” magníficos de las
investigaciones de estos científicos que lograron afianzarse en el modelo. Así,
de esa manera, los cuadros científicos cobran notoriedad y reconocimiento en el
sistema y desde el pedestal alcanzado de “científicos neutros”, logran
convencer a los políticos de turno de la importancia que tiene la ciencia
aplicada para la economía nacional.
Es entonces, por
medio de los cuadros formados desde los subsidios de la industria y las
agencias de desarrollo europeas y norteamericanas, influenciadas por los mismos
científicos lobbistas, creyentes en el crecimiento y el progreso, que la investigación aplicada comienza a ser subsidiada
desde el Estado también, y se confunde de manera obscena con la investigación básica
en biotecnología, tal como ocurre en nuestras Universidades, en los organismos
de Ciencia y Tecnología y en el INTA. A partir
de ahí, los cuadros científicos formados por la industria y las finanzas pasan
a tomar cargos públicos con poder de decisión en Ministerios, Secretarías,
Agencias, Institutos Nacionales, etc.
Estos mismos científicos lobbistas llegan incluso a representar a nuestro gobierno en reuniones
internacionales donde se deciden las políticas y protocolos de bioseguridad,
desestimando, ridiculizando e incluso desmintiendo en forma descarada las
denuncias sobre los resultados desastrosos de sus propias investigaciones, que
sólo pueden seguir escondiéndose, con la complicidad de los medios de comunicación involucrados.
En forma paralela, otras áreas de las
ciencias son marginadas por los intereses de la industria y las finanzas, tales
como por ejemplo, la eco-epidemiología y la ecología, debido a que el objeto de
su ciencia es la investigación preventiva y no aplicada a intereses económicos
industriales. O peor aun todavía, se utilizan sus conceptos como “responsabilidad social empresaria”, de modo
propagandístico, pero vaciándolo de contenidos, generando esquemas de
autorregulación y cerrando el paso al control social o estatal. En este cada vez más complejo proceso de
formación de cuadros científicos lobbistas, es que la biotecnología ha pasado
de ser una mera herramienta de laboratorio, entre muchas otras posibles, a ser
un objetivo en sí mismo de la investigación científica. Los descubrimientos
devienen en “invenciones” que pueden ser “patentables” y comercializados. Estos
descubrimientos promocionados hasta el cansancio por los medios, pasan a ser
las futuras soluciones mágicas contra el hambre, las enfermedades, lo déficit
energéticos, la contaminación y demás males generados por muchos de los mismos
“progresos” científicos mágicos que los antecedieron.
Las
soluciones mágicas traen problemas…
Las nuevas soluciones
mágicas no son entonces, más que ideas y procedimientos reduccionistas sacados
de su contexto biológico y que pretenden no necesitar un conocimiento de los
ambientes naturales en donde se van a liberar los organismos modificados
genéticamente. El proceso de cooptación
de los científicos y de la colonización de las instituciones técnicas del
Estado por parte de las Corporaciones se ha consumado y ya no necesitamos como
antaño tropas de ocupación, ahora, muchos de nuestros investigadores y técnicos
comparten plenamente los valores de la globalización y los intereses de las
Corporaciones.
Pero las soluciones mágicas generan
problemas inesperados. Y como somos dependientes de estas soluciones e invenciones
patentables, asumimos los problemas como parte “natural” de procesos de prueba
y error a que nos domesticaron y en que los sufrimientos a que nos somete la
permanente improvisación, no son visualizados por la casta política como una
gravísima falta a sus propios deberes.
La revolución verde generó mortandades, envenenamientos, residuos
químicos que hasta hoy nos enferman, problemas que se extienden a lo largo de
sucesivas generaciones, y lo peor es que ni siquiera pudo cumplir con su
cometido originario, que era la promesa de alcanzar mayores rindes de
producción en crecimientos programados. Las plagas ganaron resistencia y siguen
atacando los cultivos, y cada vez somos más dependientes de los insumos
químicos y de las empresas que los producen. Sin embargo, sorprendentemente, en
los círculos académicos y políticos, no se discute siquiera si fue o no
conveniente el entrar en la revolución verde que derivó en los cultivos
transgénicos, o sea genéticamente modificados, como su más novedosa expresión,
y mucho menos se debate si acaso, debiéramos abandonarla.
Ahora, está ocurriendo lo mismo con la soja transgénica… y con sus devastadores e indiscutidos impactos,
que ambas partes del reciente conflicto reconocen, aunque asombrosamente, sólo se diferencian entre sí,
en la disputa por su renta o en el proponer diversos caminos para ampliar
las extensiones de los monocultivos.
Estas soluciones mágicas son el negocio de las grandes empresas y por ello mismo, las preferidas por muchos
políticos y decisores, que ubicados detrás de sus escritorios, son
influenciados por los lobbies de la agroindustria, de la industria
biotecnológica y del mundo financiero, resolviendo imprudentemente, sin
conocimiento alguno fundado y teniendo en cuenta sólo las voces más audibles, que
son siempre manipuladas desde los medios masivos de comunicación, allegados a
los intereses de la agroindustria y de la industria biotecnológica. Lo peor tal vez, es que al no reconocerlas
inicialmente como “fuera de los sistemas”, somos incapaces de combatir sus
causas primarias: los desequilibrios; y nos dedicamos a buscar nuevas
soluciones mágicas para resolver los problemas causados por las primeras. A estos
problemas, generados por medidas circunstanciales, forzadas y adictivas,
proponemos nuevas soluciones circunstanciales y aún más forzadas y adictivas,
todavía. Este pensamiento lineal y
secuencial es propio de las empresas agrícolas y aún de la ciencia empresarial,
a cada efecto colateral se nos propone más de las mismas medicinas que los
ocasionaron, supuestas soluciones que significan nuevos negocios para las
empresas. Muchas veces sólo se trata de subir la “dosis”. Y así vamos, de
“solución mágica” en “solución mágica”, y mientras tanto, los gobiernos se
suceden, los funcionarios se reciclan, los pobres siguen creyendo en poder
salir alguna vez del infierno social y ambiental en el que se encuentran, y los
ecosistemas (el ambiente) retroceden de manera irreversible.
Muchos funcionarios están encontrando una
nueva solución mágica. Una solución que
presuntamente no tendría conflictos con la producción de alimentos, que permitiría producir en tierras
“marginales”, que sería de manejo simple, y con durabilidad en el tiempo. Las
tierras "marginales" son en general aquellas en las que hubo
sobreexplotación ganadera, o actividades extractivas, tales como obtención de
postes, varillas, carbón, leña. Cuando no quedan árboles aptos para
sacar, y el piso está sobrepastoreado por cabras, las tierras se vuelven
"improductivas", es decir no rentables. La solución sensata
pasaría por permitir que el bosque se regenere, acompañando al tiempo por
tareas de remediación y reforestación. Todo lo contrario, para esas tierras
degradadas, los funcionarios chaqueños, encontraron que sería posible
aprovecharlas para cultivos energéticos.
Plantas como la Jatropha, y como el Tártago o Ricino, que ya está siendo
promocionado por una empresa suiza y firmando contratos por cinco años con
productores familiares minifundistas y pequeños productores, para llegar a
20.000 Has en esta primera etapa. Es
casi obvio decir que estas “soluciones” aisladas del conjunto de lo ecológico, de
lo social y lo económico, y pretendiendo la producción de agrocombustibles, no
sólo no mitigarán el cambio climático sino que producirán todavía mayores
expulsiones de campesinos, que seguirá concentrándose la riqueza y que se
sumarán miles de hectáreas de nuevos desmontes a la actual deforestación. No se
solucionará la pobreza, ni el hambre, ni la tuberculosis, ni el Chagas, ni la
leishmaniasis, ni la fiebre amarilla, ni las riquetsias, y para peor, se
instalarán y trabajará con especies extremadamente invasoras, cuyo impacto
sobre la biodiversidad chaqueña será quizá, mucho mayor que el de la soja
transgénica. Y todo para obtener tan sólo, un puñado de dólares, que jamás se transformarán en desarrollo para las
comunidades, sino que serán índices que harán crecer el producto bruto del que
se vanaglorian en el Gobierno Nacional. Otra vez, seguiremos confundiendo el
“crecimiento” con el desarrollo.
Crecimiento,
desarrollo y necesidad de decrecer para desarrollarnos
Tendríamos que diferenciar el
"crecimiento" del "desarrollo", ya que los cementerios también crecen, lo
mismo que las cárceles y los petroleros hundidos que contaminan los
océanos y hacen crecer los índices del Producto Bruto. Los modelos macro
económicos de crecimiento ya se aplicaron cuando se paso de 25.000.000 TN de
granos en la década de los 70 a los casi 70 y pico millones en la década de los
'90, y nada de eso resolvió los problemas micro económicos, micro sociales,
micro ambientales, al contrario... los agravó. Por ende esa propuesta es
exactamente lo que se espera de un modelo basado en una economía de
mercado, teniendo como meta la globalización. Es decir, seguimos con las mismas
recetas y nos olvidamos del Desarrollo, de la Sotenibilidad y, en especial
de la Calidad de vida, que nada tiene
que ver con la productividad.
Las soluciones mágicas necesariamente van
acompañadas de ignorancia y de oportunismo. En realidad, las soluciones mágicas no funcionan
y nunca van a funcionar, en la medida en que no trabajen a partir del
conocimiento integral de los ecosistemas en los que vivimos y que usamos para
producir y cuyo origen no sea el desarrollo armónico sin afán de lucro
excesivo. Quién podría imaginar o
acordar hoy, que se elimine la soja transgénica o cualquier otro evento
transgénico, OGM (organismo genéticamente modificado), de
¿Quién podría proponer que es necesaria
todavía una discusión a fondo sobre la validez ética de manipular genes de
otros organismos, saltar las barreras de los reinos de
La
adicción al Crecimiento encubre nuevas formas de colonialismo
Para el año 2010 se esperaba alcanzar una
producción de 100 millones de toneladas de granos, para que nuestro país
resurgiera. Alcanzado ese límite casi
dos años antes, el gobierno anuncia que confía en alcanzar un crecimiento de la
producción de granos de un 55 % para el 2015, es decir, llegar a 150 millones
de toneladas. Este crecimiento,
festejado junto al gobierno por los sectores rurales, las empresas de biotecnología
y las grandes exportadoras, parece ser en sí mismo la nueva solución mágica que
nos sacará de la actual inequidad social, la pobreza, la desnutrición, el
deterioro ambiental, y las catástrofes generadas por los anteriores
crecimientos. Ante esas recientes
propuestas de aumentar la producción de granos, tanto como de las cadenas
relacionadas a la producción de carne y leche para exportación, con las
consecuentes promesas de reactivación económica y generación de empleo en los
próximos 6 años, el GRR considera que la ciudadanía tiene el derecho y la
obligación de conocer las consecuencias que habrán de producir estas políticas.
Estamos convencidos que, los males que genera el crecimiento no pueden
combatirse con más crecimiento. El
crecimiento es adictivo para las
autoridades, para las grandes empresas exportadoras y lamentablemente, para la
mayor parte del sector agropecuario argentino.
Al igual que un adicto al “Paco”, que, en su desesperación es capaz de
robar a su madre o matar a su vecino, las grandes empresas y el gobierno son
capaces de esquilmar la tierra y destruir la sociedad dejando sin suelo a las
próximas generaciones, con tal de alimentar su irrefrenable adicción al crecimiento.
Las
consecuencias impactantes del crecimiento o los impactos del crecimiento?
El crecimiento de los últimos años produjo
una terrible concentración de la riqueza, un avance en la contaminación de
campos y pueblos, una pérdida de la calidad alimentaria, un encarecimiento de
los alimentos, un colapso en la estructura energética, una mayor desertización
y pérdida de fertilidad de la tierra agrícola, un aumento de la violencia en la
sociedad, un crecimiento exponencial de formas indignas de vida y una enorme infelicidad en nuestro pueblo. Estos males no se solucionarían con debates
sobre la distribución de la renta de un modelo colonial de insumo dependencia. Por otra parte, un aumento del crecimiento
en la producción como se nos propone, sólo intensificará estos problemas,
hipotecando aún más nuestro futuro y el de nuestros nietos.
La producción para exportar recibe subsidios
del estado nacional, que todos pagamos con nuestros impuestos, además de
enormes subsidios en la forma de externalidades.
Es decir, consecuencias no deseadas de la producción de las cuales no se hacen
cargo los productores ni los exportadores: incidencia de enfermedades,
decrecimiento del nivel intelectual, pérdidas del potencial biótico de los
suelos, deforestación, contaminación masiva de aire, tierra y agua, pérdida de
la capacidad productiva a futuro.
Lamentablemente, el Estado tampoco las asume, y se dedica a generar
paliativos para contrarrestar sus efectos.
Los trabajos generados por el crecimiento que habitualmente se nos
propone son trabajos efímeros, que al depender de un ambiente en grave estado
de deterioro, no pueden sostenerse por muchos años. De qué sirve crear un puesto de trabajo hoy
si implica eliminar 10 puestos en el futuro.
Los sectores marginados de la sociedad, las poblaciones enfermas por las
fumigaciones de los agricultores industriales, la tierra maltratada por el afán
de lucro, los bosques arrasados, son las nuevas “joyas de la abuela” que
soportan el crecimiento económico argentino.
El
crecimiento nos conduce al desastre y a la catástrofe de la insustentabilidad.
El desarrollo puede abrir caminos hacia la felicidad de nuestro pueblo.
Las nuevas generaciones de argentinos se
encuentran en un grave riesgo, de continuar cumpliéndose las metas de
crecimiento del actual modelo de agronegocios.
Ya hay miles de niños que en sus familias no han visto trabajar a sus
padres ni a sus abuelos. El coeficiente
intelectual se encuentra en descenso por problemas de desnutrición y sub alimentación. El sistema educativo está colapsado, y sus
autoridades se encuentran entre la espada y la pared, entre padres furiosos y
amenazantes, niños educados por la TV basura, y un sistema que les impide tomar
medidas disciplinarias en un marco de sentido, ya que el país carece de todo
Proyecto Nacional. Los hospitales no
tienen insumos ni tienen médicos, los transportes públicos empeoran y se
encarecen cada día, la justicia tiene el peor descrédito de su historia. Estos males y muchos otros no se solucionan
con dinero ni con más crecimiento. Su
solución pasa por una planificación del uso de la tierra, por políticas de
soberanía alimentaria, producciones al servicio del hombre y no de las
ganancias de los mercados, por hacer de
la dirigencia una escuela de honestidad
intelectual, con integridad moral y con sentido de servicio La noción de Bien público debe volver a tener
su importancia en el tejido social. Con
el crecimiento acumulado de todos estos años, es más que suficiente para
ordenar la sociedad y empezar a transitar un camino hacia el desarrollo.
Para
nosotros como GRR, un ecosistema nos propone siempre un mandato que se hace
necesario cumplir y además, que deberíamos transformar en políticas públicas:
el de poder generar la mayor cantidad de biomasa y biodiversidad que ese
ambiente permita. Si se quiere, es una función teleonómica. Lamentablemente los
científicos cooptados por la ciencia empresarial, ignoran ese mandato y en todo
caso, vinculan estos criterios con la religión, e intentaron ridiculizarlos. Ellos
desde la soberbia de una ciencia que, pese al cambio climático, continúa
rindiendo culto al progreso ilimitado, piensan que la remediación de un
ecosistema es solo cuestión de azar o a lo sumo la razón de una propuesta
empresarial. Obviamente, estas posiciones devienen en cruces de pensamiento en
los cuales, no resulta fácil hacer cambiar
de parecer al otro, porque ello
implicaría que modifiquen su cosmovisión. Se trata en esencia de concebir y respetar el
modo en que se estructura la vida, y partimos de la convicción de que si le dan
tiempo, el proceso de la vida, conduce siempre a una mayor complejidad, a la
vez que, aprovechar cada salto de energía de un nivel a otro para generar nuevas
relaciones y en especial, mayor conciencia.
GRR
Grupo de Reflexión Rural
Julio
de 2008
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