TRANSFORMACIONES DE
Lucila Díaz Rönner
Introducción
Este trabajo se propone destacar una parte de la realidad
agraria argentina que, aun cuando permanece oculta, continúa luchando contra
las consecuencias negativas de un modelo neoliberal y agroexportador que la
desplazó y marginó. Me refiero a la pequeña y mediana producción agrícola
familiar. La lucha que sostiene trasciende su permanencia en la explotación y
en el mercado, pues es la lucha por una cultura, por una forma de vida que las
reglas del mercado y las políticas neoliberales cancelan e ignoran.
Más que considerarla desde el aspecto productivo se trataría de
plantearlo como un paradigma cultural emergente de la noción central de la
agro-cultura, que se resiste al barrido de formas de cultura,
que se pretende hacer desde un nuevo paradigma tecnológico para la
actividad agrícola donde la soja es la vedette. Antes de referirme a
este punto que estimo primordial haré algunas consideraciones desde el
contexto de la globalización desarrollando luego las
transformaciones producidas en Argentina en la última década del siglo pasado
cuya magnitud se refleja en los profundos cambios de las formas de producción
rural y de la estructura social agraria; en particular, en la situación de los
productores familiares.
Impacto de la
globalización
En las últimas décadas del siglo pasado, la
reestructuración a escala mundial del capitalismo ha profundizado la
interdependencia de las economías nacionales, en estrecha relación con el
desarrollo de tecnologías de la comunicación y los avances del conocimiento
científico y tecnológico, en el marco de la globalización y la aplicación de
políticas neoliberales. La globalización económica se basa en la ampliación de
los mercados a escala mundial y el impulso de las actividades económicas y
financieras por parte de empresas transnacionales que operan en forma
simultánea y de manera coordinada en varios países. A partir del conjunto de
estos factores se desplazan las barreras políticas y se despliegan nuevos
modelos de consumo y pautas culturales. Estas tendencias al privilegiar
la libertad de los mercados con énfasis en el desarrollo de la actividad
privada redundan en el repliegue de la acción estatal de sus funciones
históricamente primordiales en las áreas de la salud y la educación. En
este nuevo orden mundial, el capital financiero, las empresas transnacionales y
las del capital agroindustrial multinacional cobran una importancia sustantiva,
en tanto que los estados nacionales disminuyen su hegemonía sobre la regulación
de sus mercados y de control sobre los salarios de los trabajadores y los
precios de los productos en el ámbito local, con importantes consecuencias en
el terreno alimentario, especialmente, sobre las posibilidades de una
alimentación adecuada por parte de los sectores de población de menores
recursos.
¿Qué ocurre en Argentina en el marco de estos
acontecimientos?
Los procesos de globalización y de transformaciones en
el nivel mundial profundizan los procesos de cambios del modelo económico
de industrialización sustitutiva que se venían registrando desde mediados de
los años setenta. Como parte de esas modificaciones, cabe recordar que la
baja de la inversión bruta interna afecta a los sectores productores de
bienes, en particular, a la actividad manufacturera, debido a la
insuficiente reposición de bienes de capital que redujo el stock de
maquinarias y construcciones con las que contaba la economía argentina para su
funcionamiento. La década de los años ochenta culmina con una crisis
hiperinflacionaria y el impacto de las políticas aplicadas hacia finales de la
década, de restricción monetaria y del gasto público- en condiciones de gran
inestabilidad y elevada inflación- crean el ambiente propicio para las medidas
que seguirían dando paso a los profundos cambios de la década siguiente dentro
de una situación muy crítica tanto en lo social como en lo económico. Algunas
reformas parciales realizadas en los años 1989 y 1990 aparecen como una etapa
de transición hacia el nuevo modelo que se desarrolla durante el gobierno de Menem (1989-1999). Las principales modificaciones se
producen a partir del decreto No. 2284 –luego ley – de fines del año 1991
de desregulación total de la economía a la que se suma la privatización de las
empresas públicas. La estrategia del nuevo modelo económico, ligada a la
integración del mercado nacional a la economía internacional mediante una mayor
apertura comercial, se instrumenta con dos ejes complementarios: la
liberalización del comercio internacional y la ley de convertibilidad.
Esta última tuvo como suposición principal que la estabilización cambiaria y de
precios, además de la igualación en el tratamiento de la inversión nacional y
extranjera y las privatizaciones, estimularían las inversiones en el país.
La tasa de inversión se recupera, en la primera mitad de la
década de los años noventa, como resultado del proceso de privatizaciones.
Desde entonces, la inversión realizada por los nuevos grupos económicos que se
forman a partir de las privatizaciones, tiende a privilegiar ciertos sectores
(como el de servicios) y ciertas ramas industriales (la industria automotriz y
la alimentaria) ante el atractivo del proyecto del Mercosur.
El dinamismo de la agricultura en los años noventa se
caracterizó por la incorporación de cambios tecnológicos como resultado
de políticas económicas por las que se modificaron los precios relativos
y se desregularon las actividades de comercialización
y transporte, entre otras.
La demanda mundial de granos, en especial de oleaginosos y
subproductos, constituyó uno de los factores relevantes en el desarrollo de los
cambios tecnológicos y de la nueva organización económica-social de la
producción agraria y agroindustrial con orientación marcadamente exportadora.
En cuanto al comercio exterior, las únicas ramas relevantes- por sus montos y
los saldos positivos de comercio exterior- corresponden a los rubros de
grasas y aceites y productos alimenticios.
Estas condiciones modificaron, en forma sustancial, el papel
que cumpliera el sector agropecuario durante la vigencia del modelo sustitutivo
de importaciones, hasta mediados de los años setenta, al asegurar el
abastecimiento de alimentos baratos para la población trabajadora, lo que
redundaba en el aumento del nivel de los salarios -directos e indirectos-
y en el crecimiento de la demanda interna que permitía mantener la dinámica del
proceso de industrialización.
Consecuencias
El nuevo modelo económico agudizó, a partir de las
transformaciones impuestas durante el período señalado, el proceso de desindustrialización, la desaparición de medianas y
pequeñas empresas, el desempleo, la expulsión de medianos y pequeños productores
agropecuarios, la precarización del empleo rural y urbano, la
desarticulación social y la pobreza. En este contexto veremos los cambios
ocurridos en la estructura agraria tanto desde el punto de vista social como
económico. Es necesario enfatizar acerca de la estrecha vinculación
existente entre los cambios estructurales producidos en la industria y en el
agro en el marco de los procesos de globalización, apertura externa y
concentración de la economía argentina.
La cuestión agraria aparece implicada en situaciones
más complejas relacionadas con la transnacionalización productiva, el cambio
tecnológico y las transformaciones en el nivel de las articulaciones
agroindustriales. Las corporaciones multinacionales y los hipermercados
aumentan su control sobre la producción y venta de alimentos, situación
que afecta tanto a los agricultores familiares como a las
pequeñas y medianas empresas y trabajadores del sistema agroindustrial.
Se destaca en los últimos años la participación creciente de las corporaciones
transnacionales como proveedoras de insumos y tecnologías para la agricultura,
ligada a los avances de la biotecnología, tal el caso de la notable difusión de
semillas transgénicas, en especial, en el cultivo de la soja.
Diferenciación entre regiones y
entre productores agrarios
No es posible considerar las transformaciones ocurridas en
el agro argentino, desde las últimas décadas del siglo pasado, sin hacer
referencia a las grandes diferencias existentes entre las regiones agroecológicas
del país, porque la modernización tecnológica y la reducción del mercado
interno tuvieron efectos diferentes entre regiones y entre productores y
trabajadores. En el marco de estas diferencias, la región pampeana (comprende
las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y
Aparte del tipo de producciones agrícolas, otra diferencia
importante entre estas regiones refiere a las características de sus
explotaciones. En el caso de la región pampeana predominan las
actividades agropecuarias extensivas y mecanizadas, mientras en las economías
regionales no pampeanas las explotaciones se caracterizan por ser
trabajo-intensivas. En estas últimas regiones, especialmente, en las del
Noroeste y del Noreste, existe la pequeña producción familiar de baja o nula
capitalización, donde los productores que trabajan con técnicas y sistemas de
trabajo tradicionales registran con mayor intensidad la caída de precios
de sus productos por causa de las restricciones del mercado y dificultades de
comercialización, así como por la falta de inversiones, competitividad y diversificación
productiva. Estos factores han determinado históricamente fuertes
limitaciones ocupacionales y pobreza. A estas condiciones debe sumarse la
extensión de la mecanización de la cosecha del arroz, del algodón y de la
caña de azúcar, por su incidencia en la disminución de la demanda de mano
de obra y la emigración rural.
El proceso de modernización agrícola, que despuntó en la
década de los sesenta y crece en las dos décadas siguientes para consolidarse
en los años noventa, profundizó las desigualdades existentes, además de la
disminución de gran cantidad de explotaciones pertenecientes a medianos y
pequeños productores y campesinos. Entre el censo de 1969 y el de 1988, el
número de explotaciones agropecuarias pasa de 538 mil a 421 mil. Esta tendencia
descendente se realizó a expensas de la desaparición de unidades de producción
de los estratos de menos de
Con referencia a la región pampeana, la disminución de las
pequeñas y medianas explotaciones agropecuarias, según Pucciarelli,
se explica por causa de tres procesos: la descapitalización absoluta y relativa
de este grupo de productores, el crecimiento de medianos- grandes productores
tanto en superficie como en maquinaria, favorecidos por las nuevas condiciones
productivas; sumado a la creciente difusión del contratismo
de maquinaria agrícola. [2]
La adecuación a las nuevas condiciones macroeconómicas
implicó el endeudamiento ante cambios tecnológicos, que incidieron en el
deterioro y disminución de diversos sectores de la agricultura familiar, porque
no lograron incorporar estos cambios o no tuvieron las posibilidades de acceder
a un financiamiento adecuado.
El fenómeno de la “empresarización”
explicaría, asimismo, la disminución de las explotaciones agropecuarias en
función de reconversiones tecnológicas importantes y de cambios organizativos
de la producción, como el reemplazo de las explotaciones familiares por
explotaciones más grandes con manejo empresarial y elevado grado de
capitalización. [3]
En este contexto, las transformaciones económicas
iniciadas desde mediados de la década de los años setenta, como parte del
proceso de reestructuración liberal que se agudiza en los años noventa,
modifica, en forma significativa, la situación de los productores rurales
familiares. Cabe señalar que este tipo de explotación está constituido por un
heterogéneo universo conformado tanto por productores más pobres como
por productores con cierto acceso a capital, sea en términos de posesión
de un tractor – aunque obsoleto- o casos de un cierto acceso a servicios de
maquinaria -que daría cuenta de un relativo nivel de capital circulante- hasta
unidades más capitalizadas. En el marco de las explotaciones de base
agropecuaria familiar, el concepto de pequeña explotación (PEAP) refiere, en
especial, a las unidades dirigidas directamente por el productor, que no
utiliza trabajadores remunerados permanentes y no posee tractor o es
obsoleto. Así es que el concepto de PEAP representa de la
manera más aproximada la combinación entre el trabajo familiar- con
predominio del trabajo personal del productor y su familia- y un
acceso limitado al capital. [4]
Resulta de interés destacar el apreciable aporte de la
pequeña producción agropecuaria que, al inicio de los años noventa,
participaba con el 27 por ciento de los cereales, el 26 por ciento de las
oleaginosas, el 34 por ciento de los cultivos industriales (algodón, caña
de azúcar, yerba mate, tabaco, etc.), el 36 por ciento de las hortalizas, el 42
por ciento de aromáticas, el 19 por ciento de frutales, el 13 por ciento de
leguminosas, el 18 por ciento de bovinos, el 42 por ciento de porcinos y
el 49 por ciento de caprinos, entre otras actividades.[5]
Concentración productiva. Una mirada desde el
Censo Nacional Agropecuario 2002
Los datos definitivos del censo nacional
agropecuario (CNA) del 2002 indican una disminución en la cantidad de
explotaciones agropecuarias (EAPs), del 21 por ciento
en los últimos 14 años, pasando de 421.221 en
La caída en el número de explotaciones (EAPs) tuvo una incidencia más importante en la región
pampeana donde la baja fue del 29,3 por ciento. Las provincias de Buenos Aires,
Córdoba y Santa Fe evidencian la disminución más acentuada, cuya magnitud
explica el 55 por ciento de la reducción para el total del país. En el resto
del país, la caída en el número de las explotaciones fue del 14 por ciento en
promedio (SAGP y A). Este acelerado proceso, señala Giberti
(2001), no se observa ni remotamente en Estados Unidos o en Europa.
Como contrapartida a la disminución de las explotaciones
agropecuarias se afianzan las grandes explotaciones. La tendencia decreciente
en el número de explotaciones aparece ligada al crecimiento de la
superficie promedio por unidad. En efecto, el tamaño promedio de la explotación
agropecuaria (con límites definidos) se incrementó un 25 por ciento
para el total del país, hasta alcanzar
Un aspecto significativo que surge del CNA 2002, y refleja
los procesos recientes, refiere a la disminución de la cantidad de
hectáreas explotadas por sus propietarios
(- 8,4 millones de hectáreas) y al crecimiento de la
superficie explotada bajo distintos tipos de contrato: arrendamiento,
aparcería, contrato accidental. Una de las características relevantes
del actual modelo agrario, relacionada con el cambio
tecnológico, ha sido el impulso a las economías de escala asociadas
con un fuerte proceso de concentración de la tierra y del capital. Para
mantener competitiva la producción agrícola, se utiliza el aumento de
escala de las explotaciones como estrategia para disminuir costos fijos y
por quintal producido y compensar los precios bajos de los productos. El
“ganar” escala no implica, sin embargo, la compraventa de predios sino que suele
darse por la explotación unificada de la superficie cultivable, bajo
distintas formas de arreglo contractual, tal como surge de la información
censal. En estas condiciones, la participación sea de contratistas y/o de
asociaciones de hecho (como los “pools de
siembra” que arriendan y manejan grandes extensiones de tierra) es muy
importante en las provincias pampeanas, aunque no se soslaya su difusión en
zonas extrapampeanas.
Los datos censales dan cuenta también de otros fenómenos.
Por una parte, el crecimiento de superficie implantada con granos, sobre
todo con oleaginosas, cuya producción no se reduce a su tradicional
producción en la región pampeana sino que se expande a otras
provincias del norte. Por la otra, el retroceso de los cultivos industriales
como el algodón, la caña de azúcar y la yerba mate, entre otros. En muchos
casos estos cultivos fueron desplazados por la soja. La superficie implantada
con oleaginosas aumentó un 86 por ciento con respecto al Censo del año 1988, en
tanto los cultivos industriales cayeron un 39 por ciento, a los que se suman
las legumbres y las hortalizas con bajas de un 25 por ciento y un 23 por
ciento respectivamente. En este período intercensal,
el aumento de superficie implantada con oleaginosas aumentó en forma
significativa en el NOA, donde destacan las provincias de Santiago del Estero,
Salta y Tucumán y, en la región del NEA, la provincia del Chaco
Cabe preguntarse, entonces, cuáles fueron los factores
principales que incidieron en estos resultados y en el nuevo perfil productivo
agrícola de Argentina, a partir de las transformaciones realizadas en la
década de los años noventa.
El escenario de los años noventa: cambios
estructurales y sociales
Desde los inicios de los años noventa se profundiza en
Argentina el cambio de modelo económico, a través de la aplicación de tres ejes
básicos: privatizaciones, desregulación de la actividad económica y régimen de
convertibilidad. Las medidas y políticas neoliberales adoptadas junto con la
reforma del estado modificaron en forma sustancial el patrón de crecimiento
basado en la sustitución de importaciones, para dar paso a una economía abierta
y orientada al mercado externo, en el marco de la globalización y de
ajuste estructural.
En este nuevo escenario se desencadena un fuerte proceso
de reconversión productiva en el agro, por parte de los sectores más
capitalizados, con el fin de hacer frente a las nuevas reglas de la
competencia externa, asociado con nuevas tecnologías que intensifican los
requerimientos de capital en los procesos productivos agrarios y el
aumento de escala de las explotaciones. Este modelo agroexportador
redefine la estructura social agraria con nuevos agentes económicos y
profundiza las desigualdades entre productores, al acentuar el grado de
dependencia de aquéllos con menor capacidad de negociación. A la
vez, el achicamiento del mercado interno y los cambios de mercado
operados, tanto para las materias primas como para los alimentos, plantean
una complejidad de situaciones que agudizan la tradicional
diferenciación entre productores, mediante el despliegue de una
diversidad de comportamientos y estrategias productivas, financieras,
comerciales, adopción de tecnologías, formas de inserción en las cadenas
agroalimentarias o agroindustriales y formas de asistencia a través de
programas públicos o privados.
Este conjunto de factores generó situaciones
difíciles para pequeños y medianos productores que agravaron su situación
de retroceso, tanto en la región pampeana como en las economías
regionales; no obstante que, durante buena parte de la década, aumentó la
producción y la productividad agropecuaria, además de las exportaciones de
origen agropecuario, beneficiadas por los buenos precios internacionales hasta
la primera parte de la década.
Las nuevas tecnologías generaron procesos de concentración
de capital asociados con el desarrollo de unidades más grandes, al tiempo que
significaron barreras de entrada para los pequeños y medianos productores, cuya
vulnerabilidad se amplificó debido a las variaciones de los precios internos e
internacionales, en estrecha relación con las medidas de apertura externa,
desregulación y privatizaciones. A ello se sumó el crecimiento de la superficie
implantada con cultivos, centrada en algunos cereales y oleaginosas; en
particular, la soja, y la caída de otras actividades agropecuarias: la
ganadería, por un lado, y los cultivos regionales como la caña de azúcar y el
algodón, por el otro.
En este contexto, la aplicación de políticas de
desregulación y, por consiguiente, la eliminación de normas y entes reguladores
y la pérdida de mecanismos de protección como el precio sostén, fue amplia. Se
liquidaron todos los organismos reguladores de la actividad agropecuaria,
los mercados de concentración y los mercados de hacienda. Se disolvieron,
además de
La desregulación de toda la actividad agropecuaria tenía
como supuesto principal impulsar la producción para la exportación; sin
embargo, al eliminarse la intervención del Estado a través de
instrumentos como el sistema de precios sostén y los subsidios, no sólo en el
comercio de granos; sino también en las producciones regionales del noreste y
del noroeste, donde se encuentra la mayoría de productores minifundistas y
pequeños productores, se perjudicó a estos sectores, por sus precarias condiciones
de producción; los que, en definitiva, resultó la fracción más afectada
de la actividad rural argentina.
Ello condice con el anuncio de un ex -funcionario del
gobierno de Menem- Subsecretario de Política
Agropecuaria de
No todos fueron “perdedores”. Al respecto, es
preciso recordar el proceso de privatizaciones, como parte de las reformas del
Estado, plan de convertibilidad y ajuste estructural, que significó
una monumental transferencia de activos fijos del Estado al capital
concentrado local, mediante la privatización de las empresas públicas. [6] Las áreas
privatizadas, concesionadas o desreguladas de
las que se beneficiaron los grandes grupos económicos incluyeron entre otras:
el servicio de comunicaciones, el sistema de transporte (aéreo, por agua,
terrestre automotor de cargas, mantenimiento de carreteras nacionales a través
del sistema de peaje), puertos, elevadores portuarios, privatización de los
servicios de electricidad y de agua, transporte y distribución de gas,
siderurgia, petróleo y minería. Estas condiciones favorecieron, por un lado, el
fuerte ingreso del capital extranjero en distintas actividades económicas
y el abaratamiento de importaciones de bienes de capital por parte de los
sectores capitalizados del agro y de las empresas agroindustriales como
resultado del plan de libre convertibilidad del peso que sujetó el valor
de la moneda nacional al dólar. Por el otro, se incrementaron los
costos de los servicios que perjudicaron a los productores de menores
recursos.
La situación de la producción familiar se ha agravado en
términos relativos, reflejada tanto en el abandono de sus tierras en algunas
provincias, como a la disminución de su participación en el mercado. Los
procesos de desplazamiento podrían, sin embargo, no llegar a ser un fenómeno
generalizado y coexistir con procesos de persistencia en condiciones defensivas
e incluso con aumento de los niveles de pobreza (Carballo: 2004). Existen casos
de quienes buscan generar otros ingresos fuera de la explotación o un ingreso
complementario para sostener la unidad productiva o quienes, ante
la falta de escala adecuada, caída de la rentabilidad o endeudamiento,
la ceden a un tercero mediante arrendamiento u otra modalidad contractual con
tal de no perder la tierra.
El progresivo endeudamiento de los productores merece
ser considerado de manera especial. En la actualidad, esta franja de
productores, que soportó elevadas tasas de interés en el período de
los años noventa, ha extremado su situación de
vulnerabilidad ante el riesgo de pérdida de las explotaciones mediante el
remate de sus propiedades, situación de la que da cuenta el Movimiento de
Mujeres en Lucha, originado ante los remates de los campos, y persistente en
sus reclamos por dar solución a los problemas de endeudamiento, la pérdida de
tierras, la desocupación y al desarraigo.
El “boom” de la soja. Características regionales
La innovación tecnológica más significativa que
se produce, hacia finales de la década de los años noventa, fue la
incorporación a la producción agrícola de variedades genéticamente modificadas
o transgénicas. Los primeros cultivos transgénicos liberados, entre los años
1996 y 1999, son: la soja tolerante al herbicida glifosato (conocido como
RR o Roundup Ready de
acuerdo con la marca registrada de Monsanto) y variedades transgénicas de maíz
y algodón con tolerancia a herbicidas y resistencia a insectos. La incorporación
de variedades transgénicas integrada a la siembra directa y la adecuación de la
maquinaria agrícola a las nuevas condiciones productivas, constituyen las
últimas innovaciones en tecnología agrícola.
De esta manera el proceso de modernización de la agricultura
iniciado en la década de los años sesenta, con el auge de la “revolución
verde” y que se consolida en las décadas siguientes, en base en la utilización
de semillas mejoradas, agroquímicos y maquinaria de elevada capacidad
operativa, se continúa en la actualidad con la difusión de los cultivos
transgénicos; en particular, el de la soja.
La rápida adopción de la soja RR por parte de
los agricultores -urgidos por bajar los costos ante de la caída de los precios
en el período 1997-1998- se debió a las ventajas que presentaba al ser un
paquete tecnológico sencillo que permitía manejar grandes extensiones de tierra
con un solo herbicida y poca mano de obra. En razón de estas ventajas
tiende a realizarse en planteos extensivos con aumento de la escala de
producción y continua incorporación de capital y tecnologías, para aumentar la
eficiencia y reducir los costos de producción. Entre los elementos que
favorecieron su notable difusión se cuentan los precios relativamente bajos de
los insumos. La propagación de la semilla ilegal o de “bolsa
blanca” (denominación que se le asigna por la falta de marca o rótulo) fue uno
de los factores que favoreció su difusión. Esta semilla no paga ninguna clase
de regalía como tampoco la que se conserva para “uso propio”, al ser este
último, un derecho de los agricultores, según la ley de semillas.
En la actualidad Argentina ocupa el segundo lugar entre los
países productores de cultivos transgénicos, con una superficie de alrededor de
16 millones de hectáreas para el cultivo de la soja, representando más de
la mitad de la superficie sembrada con granos. Este proceso expansivo de la
producción sojera tiene su importancia inicial en la zona núcleo pampeana y
muestra una diferenciación de procesos por regiones –pampeana y
extrapampeanas-: sea por el reemplazo o el desplazamiento de producciones
tradicionales (ganadería, algodón); sea por la expansión de la frontera e
incorporación de áreas marginales (por ejemplo, el desmonte en Formosa y
Santiago del Estero o tala de bosques nativos en Salta). La expansión a otras
regiones se debió, entre otros factores, al incremento de los precios de la
tierra en
Cabe destacar que el cultivo de la soja en el norte del país
no ocupa una superficie comparable en magnitud a la zona pampeana aunque el
impacto de su difusión haya sido significativo si se considera la relativamente
reducida economía agrícola regional[8].
Sin embargo, el modelo de la gran empresa cobró particular importancia en
la región del NOA, a diferencia de la región pampeana donde si bien
destacan las grandes empresas también intervienen las medianas empresas. Al
respecto, el CNA del 2002 indica, en el caso de las tres provincias más
representativas de la región pampeana (Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe), que
un 46 por ciento de los cultivos oleaginosos (de los cuales la mayor parte es
soja) se produce en unidades de más de
A título ilustrativo, en la parte norte de la provincia de
Santa Fe lindando con el Chaco se encuentra la localidad de Villa Ocampo, uno
de los distritos del Departamento General Obligado, en el Chaco santafecino,
donde se asentaron, desde 1880, los primeros colonos de origen italiano. Esta
zona se dedicó a la agricultura (algodón, caña de azúcar) y a la ganadería con
la participación importante de pequeños y medianos productores agrícolas y
ganaderos. La política aperturista de los años noventa, la caída de los
precios, la baja rentabilidad y el endeudamiento fueron factores importantes en
la desaparición de, aproximadamente, un 35 por ciento de las explotaciones
agropecuarias del Departamento de General Obligado. El distrito de Villa Ocampo
que aporta la mayor cantidad de productores y superficie con caña, trabaja en
la actualidad con uno de los dos ingenios existentes en la zona, debido a la
significativa reducción de la superficie plantada con el cultivo que redundó en
capacidad ociosa en los ingenios. La menor superficie ocupada por los cultivos
de la caña y del algodón – que se redujo en alrededor de un 50 por ciento
para cada uno- ha sido reemplazada por cultivos extensivos, de los
cuales, la soja. Cabe destacar que el tamaño del establecimiento
agrícola tiene relación directa con el uso de la tierra y con la superficie
trabajada en arrendamiento. En efecto, a medida que aumenta la superficie
trabajada por el establecimiento agrícola mayor es la superficie
destinada a soja, girasol y trigo y menor la superficie dedicada a los cultivos
de la caña y el algodón. Estos cultivos son trabajados por pequeños productores
que disponen de no más de
La situación del Chaco, en el NEA, es similar
desde el punto de vista productivo; además de registrar
antecedentes como zona de conflictividad social, originada en las vicisitudes
históricas de la producción algodonera. La estructura agraria se ha
caracterizado por la presencia de pequeños y medianos productores de algodón,
además de medianos productores de maíz y girasol y medianos y grandes
productores de ganado vacuno. En el sector algodonero ha sido importante,
también, la presencia de un gran número minifundistas algodoneros (con predios
de
En la región del NOA, la estructura social agraria, señala
Reboratti, se presenta más polarizada que en la región pampeana. En el
caso de Santiago del Estero, ciertos factores, como la tenencia precaria
de tierras fiscales por campesinos y la existencia de tierras potencialmente
aptas para la agricultura sin desmontar, generó situaciones conflictivas ante
la presencia de grandes empresas agrícolas dedicadas al cultivo de la soja, que
iniciaron acciones de ocupación de esas tierras por medio del desmonte.
Estas condiciones se han repetido en otras provincias del NOA. En el caso de
Salta, la lucha emprendida por las poblaciones indígenas y asociaciones
ecologistas en defensa de la tierra y el medio ambiente alcanzó
particular notoriedad, a partir de la decisión del gobierno salteño de liberar
para el cultivo una reserva forestal ocupada en forma parcial por pequeños
ganaderos criollos y wichis, una de las etnias
indígenas. Conforme a Reboratti, el impacto social de la difusión del cultivo
de la soja es más fuerte en el noroeste que en la región pampeana como
resultado del enfrentamiento entre dos formas productivas que implican dos
formas culturales y de vida: la de los pequeños productores criollos e
indígenas y la de las grandes empresas capitalistas que compiten por el mismo
territorio con finalidades diferentes. Los primeros practican una economía de
subsistencia de pequeña escala, apoyada en la recolección de recursos
naturales del monte y en el ganado caprino, en tanto para las comunidades
indígenas se trata, de manera fundamental, de conservar su cultura. Para las
grandes empresas, por el contrario, el monte o el bosque son simplemente
escollos para la expansión de la producción sojera.[9]
El actual perfil productivo agrícola ¿Un nuevo
paradigma productivo o un nuevo paradigma cultural?
Las cuestiones sociales, productivas, económicas y
ambientales planteadas a lo largo de este trabajo permiten afirmar la
existencia de un modelo productivo, el “modelo soja”, cuyos alcances
trascienden la cuestión puramente sectorial y atraviesan la vida social y
económica del país. Cabe recordar que este modelo productivo intensivo en capital
y en tecnología con relación a la mano de obra ha intensificado el desarrollo
de procesos de exclusión de pequeños y medianos productores, así como de mano
de obra, al tiempo que procesos de concentración de la tierra y de
capital, ligado al creciente empleo de maquinaria e
implementos de última generación
Esta situación se relaciona, además, con una serie de
transformaciones macroestructurales que se dan
en Argentina desde mediados de los años setenta y se profundizan en los años
noventa, con la aplicación de políticas neoliberales y el dominio del
mercado aunado al fuerte retroceso de la ingerencia estatal en la creación de
alternativas productivas y/o apoyo a las existentes ante las
problemáticas sociales de exclusión, desempleo y pobreza, tanto urbana como
rural. En este contexto, los medianos y pequeños productores agropecuarios
encaran estrategias de resistencia para no abandonar sus tierras y permanecer
en sus explotaciones, trabajando con dignidad, aún en niveles de
subsistencia, a fin de no verse forzados a emigrar a las periferias de
las ciudades como tantos miles de otros productores y trabajadores del campo lo
hicieron con anterioridad..
Las transformaciones económicas y agropecuarias acaecidas en
los últimos años han sido muy profundas, como consecuencia;
Argentina es hoy un país sustancialmente distinto del que era hace más de
veinte años. Estos cambios no están exentos de riesgo y plantean una serie de
nudos problemáticos, con relación tanto a los factores tecnológicos
vinculados a las modificaciones en las formas de explotación agrícola, como al
cambio cultural al que con rapidez se ven sometidos amplios sectores de la
población agraria en sus formas de vida, de valores y de
trabajo.
En el actual escenario agrícola argentino donde el cultivo
de la soja transgénica tiene el lugar predominante dentro de un proceso de
transición tecnológica aún no concluido, sus beneficiarios -corporaciones
transnacionales proveedoras de insumos y tecnologías y empresas líderes ligadas
a la producción de la soja- promueven la extensión del “modelo soja” con
el fin de convertirlo en un nuevo paradigma social, basado en el
conocimiento científico y en la innovación tecnológica. El mayor empresario sojero de Argentina- Gustavo Grobocopatel-
alude a la “sociedad del conocimiento” en esta nueva carga de registros
económicos y simbólicos que implica nuevas formas de relación de los
productores con la naturaleza y con los recursos, nuevas formas de
alimentación, de comunicación y de educación. En definitiva, nuevas
formas de relaciones sociales y de trabajo, motorizadas por las nuevas formas
de la ganancia capitalista agrícola y agroindustrial concentrada en pocos
beneficiarios. Este empresario enfatiza el hecho de “una agricultura sin
agricultores”, casi sin mano de obra en el campo, expresión que
transparenta la característica principal del modelo agrícola, de ser generador
de exclusión social y, consecuentemente, la negación a la
posibilidad de ser una cultura inclusiva.
Las luchas de los movimientos sociales, tal el caso del
Movimiento de Mujeres en Lucha(MML), es más que la
lucha por la caída de sus ingresos y deterioro de la calidad de
vida que cuestionan la permanencia en las explotaciones, son luchas culturales
por la construcción de sentidos ante las alteraciones profundas de un
modo de producir y formas de vida ligadas a la tierra como parte de los
valores y creencias contenidas en la noción de la “agri-cultura”.
Ante un mundo cada vez más falto de equidad debido al embate
de poderes económicos que “destierran” a quienes aparecen como obstáculos
a la apropiación de recursos naturales y productivos claves para su
ganancia capitalista, cabe reflexionar y debatir sobre el paradigma tecnológico
predominante en Argentina el que, basado en un conocimiento científico que se
pretende único e infalible, es cuestionable en términos ambientales y de
sustentabilidad a lo que se suma una manifiesta incapacidad para coexistir
con otras formas de cultura y de vida.
[1]Giberti, Horacio. “Oscuro panorama ¿Y el
futuro?” en: Realidad Económica No. 177- 1º de enero al 15 de febrero de
2001, Buenos Aires, IADE.
[2] Pucciarelli,
Alfredo. “Cambios en la estructura agraria de la pampa bonaerense (1960-1988)”
en: Ciclos No. 5, 2do.semestre, Buenos Aires, Año III, Vol. III,
IIHES/UBA.
[3] Giberti,
Horacio. “Cambios en las estructuras agrarias” en: Realidad Ecónomica No. 113- 1º de enero al 15 de febrero
de 1993, Buenos Aires, IADE.
[4]Cf. Carballo, Carlos et al.
“Articulación de los pequeños productores con el mercado: limitaciones y
propuestas para superarlas”. Serie Estudios e Investigaciones No.7- SAGP
y A.- Buenos Aires, 2004.
[5] Ibid.
[6] Basualdo
Eduardo, Concentración y Centralización del Capital en
[7] Satorre,
Emilio. “Cambios tecnológicos en la agricultura argentina actual” en: Revista Ciencia Hoy, “La
transformación de la agricultura argentina”, vol. 15,
No. 87- junio/julio 2005, Buenos Aires.
[8] Reboratti, Carlos. “Efectos
sociales de los cambios en
[9]Para mayor información sobre esta
cuestión ver: Reboratti, Carlos, op. cit.