EDITORIAL DEL DOMINGO PRIMERO DE JULIO DE 2007
INFORME SOBRE LA
PROVINCIA DE SANTIAGO DEL ESTERO
El modelo agrario de las Sojas
transgénicas se implantó fuertemente en la llamada zona núcleo, desde el año
1996 en que se habilitaron para su comercialización las primeras semillas de SojaRR, abarcando gradualmente sus cultivos una superficie
que cubre a gran parte de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, y
habiéndose provocado desde entonces, una fuerte agriculturización
en las mejores tierras de nuestro país con fuertes desplazamientos de las
poblaciones, de la ganadería y de otras producciones, tales como la apicultura.
Es lo que las mismas publicidades comerciales de las Corporaciones que venden
las semillas OGM y los insumos agroquímicos, han denominado: la "República
de la Soja",
una vasta zona del territorio nacional donde los pooles
de siembra practican en las mayores
escalas que les es posible, un modelo industrial de agricultura sin
agricultores.
Pero el proceso de avance de la agriculturización no se ha detenido en la zona pampeana,
sino que progresa cada año sobre las provincias interiores, avanzando sobre
tierras frágiles, tierras con monte natural o que tienen poblaciones de
pequeños productores, alentado ese proceso por los precios de las commodities
en los mercados internacionales, y ahora también, por los incentivos monetarios
que promete la producción de los agrocombustibles. La
frontera de la Soja
irrumpe en forma creciente en nuevos escenarios geográficos y humanos, y sus
impactos se hacen sentir sobre los pequeños pueblos y poblaciones dispersas,
que son fumigados indiscriminada e impunemente con los agrotóxicos que
acompañan el cultivo de las semillas transgénicas, y provocando en forma masiva
enfermedades de piel y respiratorias, cuando no leucemias, malformaciones,
abortos y enfermedades terminales.
El avance de la frontera de la
agricultura industrial, requiere de forma insaciable tierras que se pongan a
disposición del modelo sojero biotecnológico y los
campesinos y los pequeños productores de los montes en la provincia de Santiago
del Estero, se han convertido en un fuerte obstáculo a remover por parte de los
capitales que con voracidad, buscan en esa provincia, espacios donde extender
los monocultivos. Este proceso invasivo de la Soja, lleva ya varios años en Santiago del Estero
y ha calado profundamente en la geografía provinciana, expulsando poblaciones y
arrasando con los montes originales. Es así, como a medida que la soja avanza,
los problemas se acumulan, la ignorancia y las actitudes sumisas de los
pobladores se disipan, las resistencias crecen y mientras los débiles
defeccionan ante las presiones o el dinero, son los más obstinados quienes
permanecen aferrados a sus tierras, tratando de preservar sus bosques y
manteniendo sus economías tradicionales de auto subsistencia y de cría de yeguarizos, caprinos y vacunos. Por otra parte, el avance
en sordina de los sojeros y de sus topadoras en los
años pasados y el desmonte con impunidad, ya no es tan fácil de llevar a cabo.
Hoy, muchas organizaciones sociales con fuerte llegada a la opinión pública
nacional e internacional, son observadoras estrictas de los acontecimientos y
violaciones a los derechos humanos en estas zonas en que la agresión y los
mecanismos de apropiación violenta de la tierra venían practicándose con
pavorosa habitualidad.
Esos conflictos de tierra en la Provincia de Santiago
del Estero son las expresiones y consecuencias locales de un modelo de agriculturización y de comoditización
que se viene aplicando a rajatabla en la Argentina desde los años noventa, y que ahora,
bajo discursos progresistas, se ha convertido en explícita y manifiesta
política de Estado. Nos atrevemos a sostener que, estos innumerables problemas
no pueden resolverse como algunos pretenden creer, en meros ámbitos
provinciales, sino por el contrario, el camino es el de tomar conciencia que,
es necesario generar un Proyecto de País diferente, donde sea posible
plantearse la modificación del actual modelo de agro exportación, un modelo al
servicio de los mercados internacionales y manejado por las Corporaciones granarias. La fragmentación del pensamiento y el localismo
de las luchas de resistencia es lamentablemente, una tendencia ante la que
claudican algunos sectores de presunta dirigencia campesina, más vinculados a
la financiación internacional que a un proyecto nacional, y más cercanos a
cultivar un redituable rol de victimización que a proponerse un cambio del
modelo neocolonial implantado.
Las batallas por la tierra y por
evitar el desarraigo y la destrucción del hábitat, se extienden hoy por toda la
provincia en desorden y con muy diversos niveles de conciencia y de disposición
en la confrontación. Los impactos del modelo de monocultivos se comprueban por
doquier y la anterior candidez e ignorancia frente a la Ley de los pequeños
agricultores, su respeto por los documentos de presunta tenencia que suelen
generar redes mafiosas de funcionarios y sojeros, se
modifica rápidamente para dar paso a nuevas formas de preservar el arraigo con
tenacidad. No obstante, nos animamos a pensar que el modo en que se definan las
innumerables escaramuzas que presenciamos o cuya existencia imaginamos a lo
largo del territorio de la provincia, no dependerán de un cambio en las leyes
locales o en sus modos de aplicación, sino que se decidirán según el nivel de
adhesión a la tierra y a las tradicionales formas de producción de los
campesinos, tanto cuanto a la voluntad de lucha y a la autoestima que sean
capaces de generar. Es, en última instancia, la fuerza moral de los pobladores
y su legítimo amor por la tierra, tal como en tantas otras luchas campesinas,
lo que primará por sobre todos los artilugios legales, las amenazas y las
agresiones que instrumenten los grupos empresariales,
Y es justamente, en ese delicado
proceso de recuperar la autoestima y de reafirmación de los lazos con la
tierra, que nos preocupan algunas tendencias que se han ido desatando desde la
muerte por el chagas de Don Zenón Ledesma, más
conocido como "El Chuca", el líder
histórico del movimiento campesino de Santiago del Estero. Las divisiones del
MOCASE hace mucho ya que no son un secreto del que no podamos dialogar en
público, todo lo contrario, pienso yo que el ocultamiento en que se han
mantenido ciertos enfrentamientos provincianos y el que la opinión pública,
tanto nacional como internacional, fuera convencida de la existencia de un solo
MOCASE, constituyó no solo un engaño sino lo que es peor, una manera de incidir, sin
proponérselo, en una grave desnaturalización de la lucha campesina, en el
vaciamiento social de sus conducciones naturales y en la tergiversación de su
historia campesina.
Estoy refiriéndome a la
influencia política, creciente y prolongada de los técnicos y extensionistas en
las organizaciones de los campesinos. Muchos de ellos, extraviado todo sentido
del pudor, dejaron el antiguo rol de titiriteros que durante un tiempo
ejercieron, manejando los guiones del discurso campesino, para persuadirse de
que son ahora con los años, auténticos dirigentes representativos. Otros muchos
continúan desde el PSA, desde INCUPO o
desde el INTA, incidiendo, persuadiendo y dividiendo las asambleas y las luchas
actuales. Son los resabios de un pensamiento sesgado y setentista
que alguna vez, con gravísimas consecuencias para el movimiento popular, se
propuso "proletarizar" la militancia estudiantil, y que en los años
noventa, hallándose devastada la capacidad industrial argentina, predicó a los
estudiantes y a los técnicos en las diversas facultades de agronomía, la
imprescindible necesidad de "campesinizarse",
como sucedáneo de los antiguos protagonismos revolucionarios.
Nosotros no descreemos ni
renegamos del papel protagónico de los sectores medios argentinos en cualquier
escenario posible de cambios sociales y/o culturales, todo lo contrario,
pensamos que serán decisivos para construir desde la conciencia nacional un
nuevo proyecto de país. Pero también, pensamos que existen sectores de la
izquierda progresista, que practican un porfiado menoscabo hacia ellos, y que
manipulan ese demérito como un apremio político para trasladar a sus sectores
más sensibles tales como son los estudiantes, la voluntad de travestirse, de
camuflarse o de infiltrarse en otros sectores sociales para imponer liderazgos
que no les corresponden, y que terminarán como en este caso, vaciando de autenticidad
las luchas campesinas, dividiendo al movimiento y generando prácticas innobles
de reclutamiento basadas en el protagonismo, en el uso de vehículos financiados
por la ayuda externa y transformando de ese modo el activismo en una actividad
rentada.
Mientras tanto, mientras las
organizaciones de técnicos dividen y desorientan o conflictúan
las luchas impidiendo el desarrollo de modelos de producción que afirmen el
arraigo, que posibiliten mejores modos de supervivencia de la familia rural y
que permitan fortalecer la vida campesina, la ofensiva por la tierra por parte
de los capitalistas no cede. En Santa María, a tan solo 20 Km
de la capital santiagueña, la familia Gramajo vive en
la banquina entre la ruta nacional y el alambrado de lo que fuera el campo
ancestral de los de su apellido, contemplando las ruinas de su casa y sus
corrales destrozados por el apropiador, un abogado de nombre Ignacio Paz, alto
funcionario del Banco de la
Nación, que logró la hazaña de que un Juez diera por cierto
el supuesto acuerdo de palabra entre dos personas hace mucho fallecidas y
extendió la orden para sacar a los Gramajo de sus
tierras.
En Ashpa
Puca, una quebrada húmeda donde debido a las hierbas
aromáticas que abundan se producen los cabritos más demandados, conviven
cientos de familias en catorce mil hectáreas, asediadas por los sojeros y ahora también por los personeros de la Alumbrera que recorren
la zona haciendo perforaciones. En los últimos meses los pobladores debieron
arrancar más de quince kilómetros de alambrado con que les intentaban encerrar
el agua. En tanto, en el Campo el Quebrachal,
departamento de Ojo de Agua, casi en la frontera con Córdoba, 22 familias del
tronco de los Corvalán comparten un campo de poco más de cuatro mil hectáreas.
Son asediados por José Crespín un hacendado y supermercadista de la zona, que
no tiene escrúpulos en apelar a cualquier método con tal de expulsarlos de la tierra. Los alambramientos ilegales y las incursiones en campo ajeno
son moneda corriente en la tierra de los Corvalán y hace cuatro años se llegó
al extremo de que una banda policial secuestrara a dos de los cabeza de familia
para torturarlos y de esa manera conseguir que abandonaran la finca. Los
policías están procesados pero continúan en funciones, las agresiones prosiguen
y también los cortes de postes y las destrucciones de corrales en las tierras
de la familia Corvalán. Impresiona profundamente presenciar cómo hombres rudos
y fornidos, hechos a toda inclemencia y a todos los sinsabores de la vida
rural, se quiebran y sollozan como niños cuando se los trata de hacer recordar
las torturas y los vejámenes a que los sometieron en esa semana que los
tuvieron secuestrados. Sin embargo, impresiona mucho más todavía el saber que
pese a todo y contra todos, aún permanecen allí en sus ranchos. Ahí esta el
tremendo coraje...Y aún esperan justicia.
Y por fin Los Juríes, en los Departamentos Taboada y Juan Felipe
Ibarra, en tierras que fueran de la Forestal, donde naciera
la lucha campesina y donde aún pervive intacta la memoria de "el Chuca" en la dirigencia joven campesina. En el lote
40, sobre siete mil hectáreas, seis mil han sido actualmente apropiadas y
desmontadas para hacer soja. Las cincuenta familias originales de esas tierras
se apretujan ahora, sobre las mil hectáreas restantes. El sojero
apropiador se llama Guillermo Masoni y viene a
representar la versión local de lo que a nivel nacional es Gustavo Grobocopatel. De discurso acomodaticio y progresista, gusta
entrevistarse personalmente con los campesinos y persuadirlos de las ventajas
de un empleo urbano y del vivir en la ciudad, de seducirlos con propuestas de
alambrarles y roturarles un pedazo mínimo de la tierra de que disponen, a
cambio de que le entreguen el monte para soja. En el colmo de una estrategia perversa
de despoblamiento y aculturación, financia en la zona una escuela de artes y
oficios donde se enseña en forma gratuita actividades tales como electricidad
del automóvil, afín de facilitar la emigración y a que se le vendan los campos.
Con esas argucias múltiples, con embustes y discursos almibarados, ha logrado
ya hacerse de treinta y cinco mil hectáreas donde cultiva soja, y ocupa otras
cuarenta mil con los mismos cultivos, que aún mantiene en disputa con las
comunidades.
Las luchas campesinas en la
provincia de Santiago del Estero oponen resistencia a un modelo de monocultivos
que ha devenido en reconocida política de Estado. Esas luchas no pueden
separarse de las restantes que llevamos contra el modelo, ni sacarse de
contexto como tantas veces se ha intentado, a riesgo de dejar de comprenderlas.
No es un problema que pueda resolverse tan solo dando solución a los problemas
de tenencia de la tierra. Necesitamos nuevos modelos agropecuarios adecuados a
la implantación de las familias rurales, que sean amigables con el entorno y
respetuosos de las zonas de monte que deberían ser comunitarias. Necesitamos,
tanto en Santiago como en el resto de la Argentina, desarrollos políticos locales que
posibiliten preservar los ecosistemas y recuperar las comunidades. En esos
sentidos las luchas campesinas y de los pequeños
productores del monte santiagueño no difieren de otras luchas que presenciamos
a diario y que no hacen sino reclamar por una Argentina más justa, una
Argentina con Soberanía Alimentaria y con una democracia participativa y
plural. Aquellas luchas son por lo tanto, nuestras mismas luchas y los sueños
santiagueños de justicia se originan en esa América Profunda y culturalmente
mestiza, de donde emergen nuestros propios sueños. Dijo Galeano que tanto las
pesadillas como los más hermosos sueños se hacen con la misma materia prima,
pues entonces trataremos que el amor a la tierra prime por sobre la voracidad
de los sojeros para que tantos campesinos y
pequeños productores no corten sus
raíces y permanezcan en la tierra que trabajaron sus mayores.
Jorge Eduardo Rulli