A PROPÓSITO DEL NUEVO
CROMAÑÓN DEL BARRIO
DE FLORES:
La comunidad boliviana en
Los cinturones verdes de Buenos
Aires y de
Los cultivos hortícolas requieren
mucha mano de obra en todo el ciclo productivo y se suceden durante todo el
año, en muchos casos superponiéndose los unos con los otros. Familias
enteras de inmigrantes bolivianos se
instalan en los mismos campos de producción, utilizando las más variadas formas
de vivienda precaria, su alimentación es extremadamente sobria y su dedicación
al trabajo proverbial. Los contratos, no escritos, contemplan usualmente que el
dueño de la tierra aporte los insumos y se encargue de la venta de lo
producido, recibiendo “el mediero” no la mitad como la denominación parecería
indicarlo, sino un porcentaje “antojadizo” que resulta del descuento de gastos
del mes en comida, de los insumos, del trasporte y las comisiones de la
comercialización.
La mano de obra que aporta la
comunidad boliviana no está “blanqueada”, ya que en los arreglos de palabra y
en el mejor de los casos, es el jefe de
familia quien es considerado como operario, no así su familia y/o parientes que
conviven en el campo y aportan también al trabajo común. Si bien estas formas
contractuales (no escritas) siguen existiendo, la laboriosidad de la comunidad
boliviana les ha permitido en muchos casos a pesar de todo, poder comprar
tierras, trabajarlas y comercializar ellos mismos la producción. En este
sentido es bien conocida, pero deliberadamente ignorada la existencia de
“galpones” o mercados no autorizados (clandestinos) que a la vez son lugares de
abastecimiento de las verdulerías de barrio. Estas verdulerías que aparecen y
desaparecen de la noche a la mañana, cuando un garaje se abre imprevistamente y
aparecen cajones con hortalizas como única “góndola” de exhibición, esta
mercadería no tiene boleta alguna y el verdulero no entrega tampoco ticket o
factura, y ante la primer inspección municipal y/o de AFIP, la verdulería
desaparece.
Es común en zonas de
El Mercado Central, cuya
instalación se dijo alguna vez, eliminaría todos los mercados distribuidos en
el Gran Buenos Aires (23 en 1984), no solo no los reemplazó sino que en la
actualidad se le han agregado a ellos, los mercados clandestinos o galpones. Se
calcula que el Mercado Central solo comercializa el 15% de las hortalizas que
se consumen en la concentración urbana más grande de
De hecho la producción hortícola
está en gran medida en manos de la comunidad boliviana, y se realiza por
canales de producción y comercialización absolutamente “alternativos” por no
decir de economía en negro.
Pero esta realidad es la que
posibilita tener en las verdulerías de barrio hortalizas baratas, en muchos
casos más económicas que en los supermercados, aunque carezcan muchas veces de
la calidad y de la frescura de las ofrecidas en las góndolas.
Si esta realidad se tratara de
abordar desde el Estado con una perspectiva meramente fiscalizadora y de la
regularización del empleo (aportes y obra social), así como del blanqueo de la
comercialización, habrá que considerar el inmediato desabastecimiento de las
ciudades y el posterior encarecimiento de las mercaderías. Es decir que
La comunidad boliviana acepta
vivir en el campo en las condiciones de sobriedad que le permiten enviar
remesas de dinero a su propio país e
incluso adquirir tierras que fueran desechada por nuestros connacionales. Su
aporte a
GRR Grupo de Reflexión Rural
Abril de 2006