Monocultivos y Monocultura:

La pérdida de la Soberanía Alimentaria

 

Jorge Eduardo Rulli
Adolfo Eduardo Boy
GRR Grupo de Reflexión Rural
Marzo de 2007 República Argentina

 

Introducción:

Un viejo proverbio dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver; la realidad argentina, debería ser  por sí misma, suficiente testimonio como para rechazar las promesas de la Revolución Verde, tanto como la Biotecnología y hoy la agroindustria.

Sin embargo el manejo de la información, con flujos de caja millonarios hacia periodistas y medios de comunicación, la astucia de las empresas con sus “fundaciones” de Responsabilidad social empresarial y la “colaboración inocente” de muchas ONG (nacionales como la FVS y globales como la WWF) han instalado en la sociedad “forzadamente urbana” la visión de que la soja es lo mejor que le pudo ocurrir a la República Argentina. Campos de fútbol, parques de antiguas estancias, predios de escuelas agrotécnicas y facultades, sociedades caritativas, todos son espacios propicios para que se extienda el desierto verde de la soja; los alambrados han desaparecido y los caminos son cintas asfálticas entre monocultivos de soja.

 

Pero mentiríamos si no reconocemos que este verano el maíz, gran desplazado por ser estival como la soja, ha vuelto a ocupar extensiones importantes e incluso se lo ha difundido en franjas y coasociado con soja, tratando de enfrentar los gravísimos problemas del deterioro de las  tierras, que durante una década negaron que existiera. De todos modos, lo que en este trabajo queremos enfatizar, es la fuerte influencia a la que se somete a la sociedad para que acepte el modelo de los monocultivos – si bien haremos especial referencia a la soja, hoy es dramática igualmente la realidad de los monocultivos de eucaliptos -.

La aceptación del monocultivo de soja como “inevitable, como el único camino…y por otro lado, acompañado de advertencias tales como: la plantita no es mala en sí misma…no debemos demonizarla…” hace que la sociedad haya aceptado sin conmoción la expulsión de 200.000 pymes agrícolas, que menos del 10 % de la población viva en zonas rurales (esto no quiere decir que trabaje en actividades rurales) que haya 24 nuevos asentamientos (villas miseria, cantegriles, favelas o callampas) en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Perfil, domingo 20 de julio2006) y  que en tales asentamientos, 8 de cada 10 habitantes son desplazados rurales (Instituto de la Pequeña Agricultura Familiar 2006 INTA).

Los partidos políticos - derecha, centro o izquierda - bajo este avance arrollador de la monocultura intelectual, solo atinan a duplicar la apuesta, escapando hacia delante con la producción de agrocombustibles o exigiendo mayores presupuesto para la contención social.

 

El escenario:

En tres libros publicados e innumerables documentos, el Grupo de Reflexión Rural ha ido alertando sobre las causas de la crisis nacional, la que no era ni es “solo” crisis del campo: en agosto de 2001: Transgénicos y Fracaso del Modelo Agropecuario (segunda edición abril 2003); en 2003 en Estado en Construcción,  donde continuamos describiendo la incidencia de “la biotecnología en los orígenes catástrofe que arrasa la Argentina. Eran momentos en que los índices económicos mostraban una cierta recuperación, que sin embargo no se reflejaban en una mejor distribución.

Ya con un nuevo gobierno de Kirchner, realizamos una revisión de Estado en Construcción, y esa revisión sumada a todas las nuevas experiencias habidas, nos permitió abrir un espacio de “gracia” a la espera de un cambio en el modelo rural, así fue como denominamos a la nueva publicación: Estado de Gracia, estado en Construcción.

 

En todos nuestros escritos señalábamos la expulsión de agricultores, especialmente de los pequeños y medianos productores agrarios, que iban quedando fuera de la creciente escala productiva. Esta continúa siendo hoy la impactante realidad del campo argentino, realidad de sacrificio de los más débiles que ha conducido a la concentración de tierras en manos de los grandes pooles, nueva forma empresarial del contratista, aunque con mayor escala de las que aquel tuviera y ahora con enormes capitales provenientes de fondos de inversión bancarios (fuera del sector agropecuario) (GRR, 2001). En los años 90 se produjo la mayor transferencia de predios agrícolas durante el siglo XX. A la par de ello se operaba la sustitución de la mayor parte de la vieja oligarquía, por una nueva clase empresarial oligopólica y prebendaria. Uno de los efectos del modelo fue, tal como decíamos, la desaparición de una parte sustantiva de los pequeños productores, mientras que aproximadamente 13 millones de hectáreas quedaron embargadas por deudas con entidades del sistema financiero. A esta situación de catástrofe social agropecuaria de los años noventa, deberíamos sumar la emigración masiva de los obreros rurales. Solo en el Chaco, la mecanización de la cosecha de algodón implicó, por cada máquina, el desplazamiento del equivalente de 300 hombres. Los “pooles” de siembra convirtieron a los productores en rentistas de sus propios campos.  Los nuevos paquetes tecnológicos que integraron siembra directa con maquinaria cada vez de mayor ancho de labor, herbicidas y sojas transgénicas de Monsanto, instalaron una agricultura sin agricultores.

 

Con la desaparición de pequeños y medianos productores, han ido desapareciendo superficies importantes dedicadas a diversos cultivos que otrora caracterizaran la alimentación de los argentinos. Se redujo más de 44% de la superficie cultivada de arroz; más del 26,2%, de maíz; 34.2%, de girasol; más del 3%, de trigo y 10 veces la superficie de algodón. Zonas como San Pedro en la provincia de Buenos Aires perdieron el 50% de los montes frutales y plantaciones de vivero para ser reemplazadas por cultivos de soja. (Boy 2005)

A seis años del lanzamiento de la sojaRR las cifras de Costo de Vida en 2002 nos permiten cotejar la investigación con nuestros diagnósticos. Para el nivel minorista, las estadísticas de INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos) indican que los productos que más aumentaron de precio son:

 

Lentejas secas 272,7 %;
Aceite de Maíz 218,9;
Harina de trigo común 162 %;
Arvejas en conserva 157,5 %;
Batata  152,2%;
Papa 138 %;
Arroz blanco simple 130.1 %.

(Ámbito Financiero, martes 7 de enero de 2003, Pág. 4).

 

Un país tradicionalmente exportador de alimentos, especialmente carne bovina y trigo, ha suspendido la exportación de carne y al escribir este trabajo (marzo 2007) el gobierno ha suspendido incluso, las exportaciones comprometidas de trigo, todo ello debido a la falta de producción nacional suficiente.

Francisco Loewy, autentico luchador de los valores de la vida rural argentina, en su libro La Encrucijada (Ed. DUNKEN Buenos Aires 2002) describe la misma realidad y señala la paradoja de que:”Aún incrementando su productividad, el campo argentino se vacía de presencia humana. Languidece la mayoría de las poblaciones del interior, mientras en los polos de concentración urbana se acumula una sobrecarga poblacional sin espacio, sin suficientes oportunidades de trabajo ni infraestructuras que alcancen. Los costos materiales y sin duda humanos de esta problemática son muy superiores a los subsidios agrarios de los países industriales.

Todavía resisten denodadamente núcleos de productores agropecuarios, sus familias y sus cooperativas a estos vientos de la destrucción. Se juega aquí una reserva remanente de la cultura del trabajo y del arraigo. Nuestros economistas no consideran estos valores. No los encuentran en sus manuales. Tampoco computan en sus cálculos el tremendo costo social y ambiental de la deformación demográfica en evolución y sus graves secuelas. Pero el vaciamiento del interior avanza e impone a la sociedad argentina, como a su economía, un absurdo marco de estrechez.”

 

El modelo de la soja continuó su marcha arrolladora (700.000 hectáreas anuales de incremento) hasta el presente, en que se ha llegado a más de 15.000.000 de hectáreas de cultivos, de las cuales se espera un rendimiento de 45.000.000 de toneladas.  El modelo rural, en el contexto de dependencia aceptado por la clase política, es de exportación de insumos con muy bajo valor agregado, de concentración de tierras y despoblamiento del medio rural. 20 millones de hectáreas, de las 25 millones con cultivos anuales, están en manos de no más de 2.000 empresas. La extendida e intrincada red de contratistas de maquinaria agrícola y de distribuidoras locales de insumos, así como la vida cultural y social que acompañaba a la pequeña comunidad agroganadera y a los pueblos rurales, desaparecieron dejando inmensos territorios vacíos.

 

Nuestro país es un laboratorio donde se experimenta el genocidio de la vida rural, que se manifiesta en más de 500 pueblos desaparecidos o en vías de desaparición. Probablemente el país haya sido el escenario de una de las mayores migraciones registradas desde el  medio rural hacia los cinturones de pobreza urbana. Los efectos de esta pérdida progresiva de significativos valores de la cultura nacional y del arraigo, tienen efectos directos sobre la vida política y social de la Argentina, y se reflejan en un debilitamiento progresivo de la vida ciudadana.

Los asentamientos de la nueva pobreza urbana, a los cuales ya hicimos referencia, se multiplican en sus condiciones infrahumanas, de fragmentación social y  de violencia en la mayoría de las ciudades, no solo de la provincia de Buenos Aires sino también del resto del país, en que los desmontes, la desaparición de las economías regionales continúan siendo un flagelo tal  como en la década de los años 90.

En los últimos días del año 2006, en un contexto de “crecimiento al ritmo chino”, que el gobierno se ocupa en resaltar, el hebdomadario Perfil, en su edición del 24 de diciembre de 2006 (el Observador página 16), anuncia que el 34% de los niños menores de dos años tiene anemia, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud de Argentina. De esa manera, podemos concluir con tristeza que el “crecimiento” nacional es anémico.

Un panorama detallado de la realidad alimentaria con especial referencia a la niñez, ha sido publicado recientemente y en él se analiza el deterioro cognitivo en los niños que viven en condiciones de pobreza. El Sociólogo Daniel Petetta, titula el Capítulo 2 Evolución epidemiológica de la pobreza urbana en la Argentina: el impacto sobre indicadores demográficos, educativos y laborales. Y en la introducción explica:” En verdad, aunque la idea de pobreza no es asimilable estrictamente a la concepción médica de enfermedad, la dimensión que el fenómeno ha adquirido en la Argentina, en términos de magnitud y severidad, lo emparenta con las crisis sociales más importantes que han asolado al país en sus casi dos siglos de historia…De hecho, según el INDEC, más de la mitad de la población estuvo por debajo de la línea de la pobreza entre los años 2002 y 2003 (Pobreza y Desarrollo Infantil. Una contribución multidisciplinaria. J. A. Colombo (editor) Ed Paidós 2007”.

El escenario tiene numerosos elementos cuya descripción escapan a este trabajo; ya que lo fundante es poner en toda su dimensión la fuerza del modelo de monocultivo que genera una monocultura del pensamiento colectivo, que da como inevitables la agricultura a gran escala para la producción de commodities, el deterioro del medio ambiente y la pérdida de soberanía alimentaria, la expulsión de mano de obra rural y el olvido de los desarrollos locales. En este contexto “la tensión entre desarrollo sin crecimiento y crecimiento sin desarrollo, las intendencias (comunas o municipios)…solo recaudan” renunciando a su papel primordial de interfase entre el crecimiento global y el desarrollo local (Estado de Gracia 2003).

Como un paso más hacia la monocultura, si esto fuera posible, en la actualidad las intendencias están al frente de la promoción de los agrocombustibles (http://vivechacabuco.com/seccion_nota.asp?ID=5827) presentando a su comunidad como una fuente de trabajo y de cuidado del medio ambiente, a las plantas procesadoras de esos monocultivos. Para ello, como siempre, cuentan con el apoyo de empresas multinacionales y del BID. Así, hoy es posible escuchar un triste refrán de la ocurrencia popular “Tanques llenos y barrigas vacías”. En esta aventura se propicia el monocultivo de maíz para producir etanol, más soja, o cultivos no alimenticios, como ricino y jathropa.

 

Monocultura de la ciencia

La ciencia en la actualidad “no investiga aquello que no da renta” y en los marcos de este pensamiento la modificación genética se ha convertido en el dogma central de los proyectos de investigación pagados por el Estado Nacional y tales modificaciones tendrán siempre como objetivo final la producción de “commodities” para la exportación. Es en esta monocultura del pensamiento argentino, que se libera la sojaRR no “para terminar con el hambre del mundo y luchar contra los subsidios europeos” sino por la sencilla razón que en “la monocultura de siembra directa” es el cultivo más rentable y fundamentalmente el que requiera una menor utilización de mano de obra. La soja transgénica desplazó a las producciones mano de obra intensiva, y las relegó a zonas marginales, en que hoy son atendidas por inmigrantes, muchas veces indocumentados, y provenientes de países vecinos, especialmente de Bolivia.

Las facultades nacionales y privadas, de agronomía, siguiendo lineamientos del BID, han bajado los niveles académicos del grado, al extremo que disciplinas como horticultura y otras “culturas” tradicionalmente anuales ahora se dictan en dos meses. Por otro lado, se insiste en los pos grados rentados, dedicados como es lógico  en los marcos del pensamiento hegemónico, a la Siembra directa y los agronegocios.

 

Los institutos nacionales de investigación están sujetos a los CVT (Convenios de Vinculación Tecnológica) eufemismo por el cual las empresas cuentan con empleados del Estado e instalaciones del Estado, para hacer investigaciones de su propia conveniencia, y de las cuales serán ellas las que saquen los beneficios.

Los conocimientos que el mismo agricultor nacional tenía respecto de rotaciones, manejo de cultivos, maquinaria apropiada, conocimientos climáticos, de organización de tareas durante el año, y controles de plagas, han sido sistemáticamente ignorados y eliminados de los claustros.

Los alumnos de las escuelas agrotécnicas (nivel secundario) ven sus aulas rodeadas de soja en verano y “barbechadas químicamente” en invierno ¿Es posible que las propuestas de vida en el campo con diversidad de cultivos y bajo el principio de que “lo pequeño es hermoso”, pueda alguna vez atraerlos, cuando es la propia escuela en que se forman, la que se sostiene económicamente con cultivos de sojaRR?

¿Podemos pedirle a los que egresan de esas escuelas que enfrenten el modelo hegemónico de pensamiento, y sean los quijotes que emprendan el regreso al campo?

 

Monocultivo y Soberanía Alimentaria:

Argentina, pasó así, de ser el granero del mundo a transformarse en un monoproductor de soja forrajera transgénica.  Argentina dejó de producir alimentos para su población y en cambio se dedicó a la producción de commodities requeridos por el mercado mundial. Ahora, la expansión incontrolable del monocultivo comienza a ocasionar severos problemas, tales como la pauperización y la destrucción del empleo en zonas rurales, y la reducción de cultivos directamente vinculados a la alimentación popular como la papa, batata, lenteja, arveja y distintos tipos de maíz y hortalizas. Pero la soja es la caja recaudadora de las “retenciones” a las exportaciones que aportan al erario público unos 6.000.000.000 de U$S al año, de los cuales ningún gobierno en este momento podría prescindir, pues  resultan imprescindibles para los planes sociales que contienen la creciente pobreza a la vez que la domestican y someten según políticas sociales abiertamente clientelares. Estos son los fondos que en manos de los “punteros” (caudillos urbanos) generan la cohorte de “asistentes” voluntarios a los actos públicos y los votos seguros en las elecciones como “contraprestación” de los planes asistenciales.

 

Los extranjeros indocumentados por ambas razones no son elegibles para recibir subsidios del estado y suelen ser explotados tanto en el campo como en la ciudad, lo cierto es qué (Página/12 Buenos Aires, Argentina www.pagina12.com.ar Domingo, 12 de Noviembre de 2006 ) “El 40 por ciento de los productores quinteros de la provincia de Buenos Aires, que tiene el área hortícola más importante del país, son bolivianos. El 88 por ciento de los quinteros bolivianos es arrendatario y el 12 por ciento, propietario. La mano de obra empleada también es boliviana, en muchos casos oriunda de las mismas regiones que los empleadores. Este dato, que se repite sin mayores variantes en los cinturones hortícolas de las principales ciudades cordobesas, de Mendoza, del Alto Valle del Río Negro y Neuquén, de Chubut y por supuesto, en las limítrofes Salta y Jujuy, da cuenta de complejas tramas de interrelación comunitaria en el origen de la decisión de emigrar”.

Monocultivo, agroindustria, conocimiento y reforma agraria:

Los pooles de siembra, y en menor medida los fideicomisos, son las figuras jurídicas que el modelo de monocultivo ha impuesto y que si bien desplaza agricultores y cultivos, no tiene particular interés en la posesión de la tierra. En palabras de un máximo exponente de “los nuevos gerentes” del campo: “soy agricultor y no tengo tierras, tampoco tengo tractores ni cosechadoras. Y esta es la mayor innovación del país. En Argentina, a diferencia del mundo, hoy no tenés que ser hijo de un chacarero o un estanciero para ser agricultor. Tenés una buena idea y tenés plata, vas, alquilas un campo, y sos agricultor. Este es un proceso extraordinario y democrático del acceso a la tierra, donde la propiedad de la tierra NO IMPORTA; lo que importa es la propiedad del conocimiento”.

Las expresiones son de Gustavo Grobocopatel, el mismo que acaba de firmar un convenio millonario para hacer soja transgénica bolivariana (SIC) en Venezuela (D2. Perfil-Domingo 28 de mayo de 2006) y deberían ser muy serio motivo de reflexión para las organizaciones campesinas que siguen reclamando la reforma agraria. En todo caso habrá que re definir qué significa hoy “reforma agraria”, cuando lo importante para las Corporaciones, es el poder del conocimiento, es decir las patentes, los royalties, la posesión y manejo de los paquetes tecnológicos.

 

A modo de conclusión y de propuesta

La necesidad de pensar propuestas de modelos agrícolas para nuestra América Latina resulta urgente. Ello proviene de diversas razones, entre ellas y principalmente, el modo en que el Capitalismo Globalizado impone en nuestros países y a través de las empresas transnacionales, nuevas situaciones coloniales que determinan la primarización de nuestras economías y la producción masiva de commodities. Esas nuevas dependencias conllevan además, la apropiación de los recursos naturales, con devastación de los ecosistemas y con fuertes impactos sobre las poblaciones rurales. Necesitamos hallar los elementos intelectuales que nos permitan visualizar y enfrentar esas nuevas situaciones neocoloniales, poder repensar las relaciones de la ciudad y el campo en épocas de globalización, a la vez que demostrar que el avance de los Agronegocios y de los modelos de agricultura industrial con cultivos transgénicos, no son ineluctables tal como se nos enseña y tal como se nos naturalizan mediante la colonización pedagógica, y que configuran una agresión sobre la identidad cultural, sobre el arraigo de las poblaciones, sobre sus patrimonios alimentarios y sobre sus posibilidades inmediatas de supervivencia en la sociedad transcolonizada por las Corporaciones.

 

Consideramos que tanto los campesinos cuanto las poblaciones originarias, así como muchos pequeños productores y sectores provenientes de la ciudad que son convocados por una vocación de vida en el campo, tienden naturalmente a preservar los ecosistemas y sus elementos fundamentales. No obstante, la presión del consumismo y de los modelos de la insumo dependencia sobre ellos, tanto como las tentaciones de las tecnologías llamadas de punta, las demandas de la exportación y de los modos de vida urbano, son constantes y crecientes sobre estos sectores. Es urgente, entonces, la necesidad de instalar criterios y paradigmas, tanto de liberación como de desarrollos rurales locales. Modos de vida que permitan recuperar la autoestima del trabajo campesino y de la tierra, a la vez que imaginar modelos de producción cada vez más amigables con la Naturaleza, que posibiliten recuperar aquellas relaciones inteligentes de observación y de aprovechamiento de los recursos, que se han ido extraviando paulatinamente en los prolongados procesos de aculturación.

Recién a finales del siglo XX, después del colapso de la URSS y habiéndose levantado el Zapatismo en México y conmoviendo las grandes manifestaciones antiglobales a las principales capitales del mundo, resurgió en América Latina un movimiento campesino que, con importante autonomía de los partidos políticos, se esforzó por generar propuestas tan importantes como fuera la de Soberanía Alimentaria. Este resurgir de las experiencias campesinas ha mostrado en los últimos diez años sus fortalezas y también sus debilidades. De hecho se impuso en el campo de las luchas populares, un nuevo protagonismo, aunque defensivo y subsidiario de las ideologías urbanas progresistas.

 

Recordemos la consigna leninista de “socialismo es igual a poder soviético más electrificación”. La victoria de esa versión del marxismo, convertida más tarde en una cosmovisión, selló también una continuidad y una adhesión del pensamiento y de las propuestas de los oprimidos del mundo con el universo de la ciencia europea del siglo XIX, con su materialismo positivista y con su visión mecanicista y unilineal de la evolución y en especial con esa mirada eurocéntrica que intentaba reordenar la realidad desde los propios parámetros y que acompañó durante el siglo veinte y desde posiciones de izquierda, los avances coloniales sobre la periferia del mundo.

Lamentablemente, aquellas opciones incluyeron asimismo, el dar la espalda a la Ecología y hacerse cargo de un mandato inexcusable: el de dominar a la Naturaleza. Esa herencia tiñe todavía los pensamientos progresistas y de izquierda con los que debemos convivir y dialogar cotidianamente. No es posible imaginar que la izquierda latinoamericana aún no advirtió la importancia de la preservación del ambiente o acaso la importancia de los desarrollos locales amigables con la Naturaleza, del valor del comer sano o del vivir de un modo más armonioso con el entorno. No, sería una ingenuidad de nuestra parte no comprender que priman en esa izquierda los viejos paradigmas que sustentan esos pensamientos progresistas, el enamoramiento de las chimeneas como símbolo de la industrialización en el siglo XX, y esas opciones constantes por las categorías de la gran escala, del empleo y las profundas certezas respecto de un progreso ilimitado. Hoy nuestro continente vive un concierto de diversos gobiernos populares, renovadores o acaso reformistas, en algunos casos reconocidamente socialistas y en general fuertemente antiimperialistas. No obstante, y como consecuencia de una fuerte persistencia de las ideologías setentistas y de sus lógicas marxistas de construcción del pensamiento, es evidente que ese antiimperialismo que tiene a Bush y a lo norteamericano por objetivo, no incluye ni los modos de vida norteamericanos que se nos proponen a través del cine o de la publicidad, ni a las grandes Corporaciones con las cuales se negocia o acuerda, sin mayores conflictos de conciencia. Nuestras élites dirigenciales son antiimperialistas pero globalizadas, continúan confiando en el Progreso ilimitado y considerando la necesidad de que a falta de una burguesía empeñosa, sean los viejos revolucionarios, hoy en el rol de funcionarios progresistas, los que lleven adelante las tareas pendientes del Capitalismo, aún al precio de que las inversiones de capital estén a cargo de las corporaciones internacionales.

 

Ayer mismo Lula firmó con gran fervor contratos con Bush, para transferencia de tecnología en la producción de etanol; mañana Tabaré firmará  probablemente un TLC, para asegurar la colocación de productos uruguayos en los EEUU. Que la izquierda comparta muchos de los mismos paradigmas desarrollistas con la derecha política y hasta neoliberal, hace que las formas globales de las nuevas dependencias sean generalizadamente visualizadas como irrelevantes o que no sean consideradas políticamente. Los modelos de monocultivos, las producciones masivas de commodities, la Biotecnología y las semillas GM, la minería química por cianurización, los bosques implantados para pasta de celulosa, la alimentación masiva de animales en encierro con sojas transgénicas, el avance de las fronteras de agricultura industrial sobre las tierras campesinas y los montes nativos, la conversión de los productores locales en eslabones de grandes cadenas agroalimentarias integradas, se consideran aspectos positivos o negativos, pero siempre propios de un precio inevitable que es preciso pagarle a la modernidad… Las campañas en defensa de la Ecología movilizan cada vez más población implicada en las políticas de devastación, pero aún no logran instalarse en las agendas de los partidos o de los gobiernos. Los movimientos campesinos, mientras tanto, se debaten en la confusión y fluctúan entre el creciente acorralamiento de sus bases por las políticas de los Agronegocios y los equipos ideológicos anacrónicos de sus líderes, que les imposibilitan enfrentar esas situaciones sino desde perspectivas casi totalmente exclusivas de reivindicación social.

 

Tan sólo se trataría de reconocer que la situación es sumamente compleja y que a una situación compleja deberíamos enfrentarla con pensamientos complejos, pero eso para muchos no resultan fáciles pues requeriría reaprender a pensar o acaso incorporar los nuevos paradigmas. Quizá lo más delicado sea fundamentar las razones por las que se justifica el esfuerzo de innovar y de buscar la originalidad del desarrollo propio, basado a su vez en las tradiciones y en los modos de pensar en América. Esto nos conducirá a una revalorización de la Cultura como manifestación de la identidad en el marco de los horizontes simbólicos dados. Rodolfo Kusch, un pensador americano ineludible para repensar lo americano, decía que lo europeo y en especial su filosofía, y al decirlo incluía lo norteamericano, que es tan sólo un transplante de Europa en América; decía entonces que, “la filosofía europea, es un indagar constante por el Ser, a la vez que una enorme incapacidad por reconocer el propio Estar, extraviado a lo largo del desarrollo de su historia”. También decía que: “lo americano en cambio, era un prolongado permanecer en el Estar sin que se nos permita alcanzar el propio Ser”. Lograr definir el propio Ser en el estar siendo del Estar de América, sería para nosotros lograr desentrañar esos modelos originales y definirlos. Esos modelos deben surgir desde el estar del campesino y del indio americano y desde su instalación existencial en el suelo de América, y el trabajo de indagación que nos debemos es tan solo para encontrarlos, destacarlos y a lo sumo explicarlos.